CENTRO
DE INSTRUCCIÓN LOGÍSTICO "GENERAL LEMOS"
LISTADO
DE OFICIALES, SUBOFICIALES y SOLDADOS DE LA
CIA.
MANTENIMIENTO
ORGANIZACIÓN
DEL PERSONAL DE LA EXPRESADA
POR
DESTINO PARA LA
EDUCACIÓN,
ORDEN INTERNO E INSTRUCCIÓN
GRUPO COMANDO
DE COMPAÑÍA
Cap. D.
SERGIO JUAN SANCHEZ jefe de Ca.
Tte.1º D.
JORGE ARTURO DE VICIEN Oficial Instructor (1970 ® Capitán –♱Falleció en
Sept/2009)
Subof.
Pr. LUIS MARIA PANIAGUA Enc. Ca.
Sgt. Ay.
INOLFO ELPIDIO GODOY Enc. Depósito Intendencia
Sgt. Ay.
JACINTO TIMOTEO SALINAS Enc. Sala de Armas
Sgt. ALDO
ARISTÓBULO ROMERO Enc. Comedor de Tropa
1. S/C. 42
CORDERO, Jorge Raúl - (♱Falleció en Mar del Plata el 1º de septiembre de 2014)
2. S/C.
42 CASEY, Jorge Raúl - (♱ Falleció en Venado Tuerto el 08/02/2014)
3. S/C.
42 CEBALLOS, Jorge - (♱ Falleció en Martínez, Prov. de Bs.As. antes de 2007)
4. S/C. 42 DIAZ, Marcelino (Radicado en Lanús Prov. de Buenos Aires)
5. S/C. 42 JOSEFF, Alfredo
6. S/C.
42 RAMOS, Víctor
7. S/C.
42 VITALI, Juan Carlos (Radicado en España, Pontevedra, Galicia)
8. S/C.
42 WALLACE, José (Radicado en la ciudad de Venado Tuerto Sta.Fe)
9. S/C.
42 ZORUBA, Sergio (Radicado en Canadá)
SECCIÓN
INTENDENCIA
GRUPO
COMANDO
Subof.
Pr. JOSE EDUARDO CASTRO
1. S/C.
42 BARBARESCHI, Enrique (♱ Falleció en Venado Tuerto)
2. S/C.
42 QUINTEROS, Ernesto
RANCHO DE
TROPA
EQUIPO Nº
1
Sgt. 1º Coc.
ANTONIO GUTIÉRREZ
1. S/C.
42 CESSANO, Domingo
2. S/C. 42 FALLONI, Rubén
3. S/C. 42 GAITAN, Juan
4. S/C. 42 GASTALDO, Raúl (Soldado Carnicero)
5. S/C.
42 PAVAN, Eugenio (♱ Falleció en Córdoba)
6. S/C.
42 PELLEGRINO, Oscar
7. S/C.
42 VILLEGAS, Víctor
EQUIPO Nº
2
Cabo Coc.
BAUTISTA DONDO
1. S/C.
42 AUDICIO, Luis
2. S/C.
42 MARCHISSO, Tomás
3. S/C.
42 MONZON, Alberto
4. S/C.
42 OCHOA, Juan
5. S/C.
42 ROSAROLI, Rolando
6. S/C.
42 TROILO, Antonio (Soldado Carnicero)
7. S/C.
42 VICENTE, Omar
GRUPO PANADERIA
Sgt.Ay.
Pan. JUAN BRAVO
Sgt. Pan.
JUAN HERNÁNDEZ
1. S/C. 42 BANEGAS, Aldo
2. S/C. 42 FLORIT, Miguel
3. S/C.
42 GONZALEZ, Juan (♱ Falleció en V. Tuerto el 1º/05/18)
4. S/C.
42 LAGOS, Juan
5. S/C.
42 LEDESMA, Rolando
6. S/C.
42 MEDINA, Pedro
7. S/C.
42 MOLINA, Ezequiel
8. S/C.
42 SALINAS, Cesáreo
9. S/C.
42 SCARAMELLA, Juan Carlos
10. S/C.
42 SORIA, Germán
DEPÓSITO
DE CANJE
Subof.
Pr. JUAN JOSÉ GIONTO
Sgt. 1º
ADOLFO GALILEA
1. S/C.
42 CARDOZO, Ambrosio
2. S/C.
42 LOMBARDO, Omar (Comisión Cpo. Cdo. 1º Ej.)
TALLER DE
SASTRERÍA
Cabo 1º
Sastre MANUEL MERCADO
Cabo.1º
Sastre HUGO CALIZAYA
Cabo
Sastre JORGE VILLARREAL
1. S/C.
42 PADILLA, José Daniel (♱ Falleció en Buenos Aires)
2. S/C.
42 VERÓN, Luján (♱ Falleció)
TALLER DE
ZAPATERIA
Subof.
Pr. Zap. PEDRO LEONI
Sgt. Ay.
Zap. JOSÉ ADOLFO HORNAK
1. S/C.
42 BOGGINI, Adolfo (♱ Falleció en Banfield –BsAs- el 26/05/2015)
2. S/C.
42 RIVAROLA, Víctor
SECCIÓN
MATERIAL
Subof.Pr.
Mec.Arm. MARTÍN DÍAZ
Sgt.Ay.
Mec.Expl. OSVALDO PARRONDO
Sgt.Ay.Mec.Arm. ALBERTO ZBORIL
Sgt.Ay.
Carp. MIGUEL OWENZARI
Sgt.Ay.
Tal. ROSARIO CANZONIERI
1. S/C.
42 ALTAMIRANO, Oscar
2. S/C. 42 BARATTI, Néstor
3. S/C. 42 BODINI, José
4. S/C. 42 CARDINALE, Ricardo(♱Falleció el 11/02/1993 siendo intendente de Firmat,
Sta.Fe)
5. S/C. 42 CÓDEGA, Roberto
6. S/C. 42 DOCE, Carlos
7. S/C. 42 FENOGLIO, Esmer
8. S/C. 42 GRIFFHITS, Héctor
9. S/C. 42 KRAMER, Ernesto
10. S/C.
42 MARTÍNEZ, Eduardo
11. S/C.
42 MARTINI, Héctor
12. S/C.
42 QUIROGA, Armando
13. S/C.
42 TATO, Daniel
14. S/C.
42 VELÁZQUEZ, Oscar Alcides (♱ Falleció en julio de 2020 en Ricadone, Santa Fe)
SECCIÓN
TRACCIÓN MECÁNICA
Subof.
Pr. Mec.Mot. HORACIO BARRANDEGUY
Subof.
Pr. Mec.Mot. JOSÉ ANTONIO TORNI
Sgt.Ay.
Cond.Mot. NICOLÁS CORZO
Sgt.Ay.
Mec.Mot. OBDULIO ÁVILA
Sgt.Ay.
Cond.Mot. ANTONIO ALLEGRETTI
Sgt.Ay.
Cond.Mot. HORACIO LÓPEZ
Sgt.Mec.
Mot. ALFREDO DE NEGRIS
1. S/C.
42 BOZICOVICH, Constante (♱ Falleció en Arequito, SFe, el 25 de abril de 2013)
2. S/C.
42 CAMPOS, Florencio
3. S/C.
42 CASADEY, Modesto (♱ Falleció en La Plata en el año 2005)
4. S/C.
42 CORNACHIOLI, Pablo (Comisión Taller Mantenimiento)
5. S/C.
42 CRISOL, Félix Ángel
6. S/C.
42 D'ONOFRIO, Ángel
7. S/C.
42 DEBIASI, Arturo
8. S/C.
42 DEGREGORIO, Pascual
9. S/C.
42 DELBORGO, Pedro (♱ Falleció en la ciudad de Río Cuarto, Cba.)
10. S/C.
42 DELFIOL, Juan
11. S/C.
42 DI PASCUALE, Juan (♱ falleció en Venado Tuerto ♱02/12/2020)
12. S/C.
42 DIAZ, Raúl
13. S/C.
42 DIGUARDI, Albino Armando (♱ Falleció el 12/02/14)
14. S/C.
42 DIVANO, Juan Carlos (Chofer del coronel Babini)
15. S/C.
42 ESCUDERO, Norberto
16. S/C.
42 ESPINOSA, Nicolás (♱ Falleció en Armstrong, Sta.Fe)
17. S/C.
42 FERRARI, Enrique
18. S/C.
42 GARRO, Alberto
19. S/C.
42 GRAVINO, Enrique (Chofer del coronel Babini)
20. S/C.
42 KLEER, Agustín
21. S/C.
42 LANDRO, Alfredo (Asistente del director del Centro)
22. S/C.
42 LEALI, Carlos (♱ Falleció en Venado Tuerto en 2015)
23. S/C.
42 MARTINI, Juan Carlos
24. S/C.
42 MAURO, Antonio
25. S/C. 42 MERLINI, Héctor
26. S/C. 42 MOCOSKY, Ernesto
27. S/C.
42 PACE, Antonio (♱ Falleció en Máximo Paz)
28. S/C.
42 PALAVECINO, Benjamín
29. S/C.
42 PIZARRO, Héctor Víctor (Chofer del director del Centro)
30. S/C.
42 PONSONE, Rogelio (♱ Falleció)
31. S/C.
42 RICHARD, Ernesto (♱ Falleció en Buenos Aires)
32. S/C.
42 ROVERA, Miguel
33. S/C.
42 SOTERAS, Oscar
34. S/C.
42 SPESSOT, Rubén (Radicado en Ramallo, Santa Fe)
35. S/C.
42 STALAR, Juan
36. S/C. 42 STEFANINI, Delfor
37. S/C. 42 UVINI, Enrique
38. S/C.
42 VIEYTES, Norberto (Chofer del coronel López)
39. S/C.
42 VILLARROYA, Jesús
40. S/C.
42 ZÁRATE, Roberto
SECCIÓN
MANTENIMIENTO E INSTALACIONES
Subof.
My. JOSÉ RAMÓN CAMUSSO
Sgt.Ay.
CONSTANTINO CORONA
Sgt.Ay.
FÉLIX DEL CASTELLO
1. S/C. 42 AGUETTI, Luis
2. S/C. 42 ALADINO, José
3. S/C.
42 ALONZO, Héctor
4. S/C.
42 ARNAUDO, Bartolo
5. S/C.
42 BARROZO, Miguel
6. S/C.
42 BERARDO, Julio
7. S/C.
42 BERNARDI, Juan
8. S/C.
42 CAPELARI, Eraldo (♱ Falleció en Córdoba)
9. S/C.
42 CECCONI, Nelsi
10. S/C.
42 CERULLO, Juan Carlos
11. S/C. 42 CERUTTI, José
12. S/C. 42 CHAINA, Roberto
13. S/C.
42 CISMONDI, Víctor
14. S/C.
42 CORAPI, Martín (♱ Falleció año 2011 en San Lorenzo)
15. S/C. 42 COSIO, Eduardo
16. S/C. 42 EYHERABIDE, Jorge
17. S/C. 42 FLORES, Ramón
18. S/C. 42 GALLIZIO, Juan Eduardo
19. S/C. 42 GARIZ, Víctor
20. S/C. 42 GENOVES, Ricardo
21. S/C. 42 GIANTOMASI, Alberto
22. S/C. 42 GOMEZ, Julio
23. S/C. 42 GUESELEVICH, Carlos
24. S/C. 42 JUAREZ, Hugo Rosa
25. S/C. 42 LACOMBE, Oscar
26. S/C. 42 MARTINEZ, Andrés
27. S/C.
42 MARTINEZ, Miguel Ángel
28. S/C.
42 MARTINEZ, Osvaldo (♱ Falleció en Venado Tuerto el 21 de abril de 2018)
29. S/C.
42 MERCADO, Santiago
30. S/C. 42
MIGLIORINI, Eduardo
31. S/C.
42 MOREDA, Antonio
32. S/C.
42 PUSETTO, Dante
33. S/C.
42 RÍOS, Ernesto
34. S/C.
42 RODRIGUEZ, Osvaldo
35. S/C.
42 RUIZ, Tomás Evaristo
36. S/C.
42 SEGURA, Francisco
37. S/C.
42 STECK, Victorio
SECCIÓN
VETERINARIA
Subof. Pr. UMBERTO BARONE
Sgt. Ay. GUILLERMO
JACOBO VAN DER GROEF
1. S/C.
42 AIZCORBE, Ramón
2. S/C.
42 CECCALONI, Juan
3. S/C.
42 CENTANI, Luis (♱ Falleció en Hughes, Santa Fe)
4. S/C.
42 FERNANDEZ, Osvaldo
5. S/C.
42 FERREYRA, Norberto
6. S/C.
42 MASI, Guillermo
SECCIÓN
SANIDAD
Tte.1º D.
EDUARDO MARCOS MAMMERCHTEIN (Médico)
Sgt. 1º
MIGUEL IGNACIO LANGONE
Sgt. 1º Prep.Farm. GERMAN GARAY
Cabo 1º
Prep.Farm. HUGO TEJERINA
Cabo
Prep.Lab. JORGE RAMÓN GONZÁLEZ
Sgt.
Odont. RAFAEL MOSCATO
Sgt.Ay.
Enf.Grl. MARIO CARELLA
Subof.
Pr. (R.A.) MANUEL ALBA
Cabo Enf.
Grl. HIPÓLITO GUZMÁN
1. S/C.
42 AMALFITANI, Miguel - (♱ Falleció)
2. S/C.
42 BAROTTO, Américo
3. S/C.
42 CHIDERSKY, José
4. S/C.
42 CONTI, José María
5. S/C.
42 CONTRERAS, Héctor
6. S/C.
42 DOBARRO, Héctor
7. S/C. 42 GOLDSMAN, Abel (odont{ologo)
8. S/C. 42 LÓPEZ, Alfredo Jorge
9. S/C.
42 LUCIANI, Miguel
10. S/C.
42 MARTINEZ DERITA
11. S/C.
42 PEREZ, Manuel
12. S/C.
42 PIERRARD, Carlos
13. S/C. 42 RIVERO, Jorge
14. S/C. 42 SUAREZ, Enrique
CAMPO DE
MAYO, 15 de noviembre de 1963.-
Nota: El
listado de los soldados ha sido redactado por orden alfabético.
 |
Tte.1º D. Jorge Arturo De Vicien
en su NSU Prince - Se retiró del ejército con el grado de Capitán |
RECUERDOS DE LA COLIMBA
 |
Ex soldado clase 1942
José Wallace |
Instituto
de Instrucción Logística "Gral. Lemos" Campo de Mayo
Por
Ex Soldado clase 1942
José
B. Wallace
Las dos primeras semanas
Hacía
más de una semana que estábamos incorporados y todavía teníamos la ropa civil.
Mi pantalón se había roto al engancharse en el alambrado del ferrocarril cuando
esperábamos la llegada del tren y estábamos sentados a la vera de las vías. Uno
de mis hermanos que vivía en Rosario fue hasta la estación a despedirme. Cuando
le comenté que se me había roto el pantalón, se fue hasta una farmacia y me
trajo una caja de “curitas” con las que emparché el pantalón del lado interior,
de manera que, vuelto al derecho había quedado como una costura. Con ese parche
anduve hasta la primera salida, creo que fue a los 15 días de nuestra
incorporación. Recuerdo que al atardecer estábamos de descanso recostados sobre
la gramilla bajo los árboles y Ramón “el turco” Rodríguez de Venado Tuerto me
dice: “Wallace, qué dirían nuestras amistades si nos vieran en este estado”. Sin
afeitarnos ni bañarnos, siempre con la misma ropa, parecíamos pordioseros. Dos
o tres días después nos permitieron bañar y afeitar (ni decir lo que eran esas
hojas de afeitar, “Legión Extranjera” dorada, no cortaban ni el agua,) y nos
entregaron unos pantaloncitos (shorts) verdoso claro que ajustábamos con un
cordón y que parecían para tipos de 120 kilos. A mí me sobraba por todos lados.
Íbamos a trabajar a la oficina, a cortar yuyos y a hacer ejercicios nada más
que con el short y alpargatas. En ese tiempo yo estaba en Destinos, donde
trabajé en la oficina de Intendencia y estaba a cargo, junto con otros
soldados, del depósito de comestibles. Antes que me transfirieran a la compañía
Mantenimiento, compartí alrededor de dos meses con Osvaldo Saraceni, un muchacho
de Diego de Alvear que trabajaba en la Cooperativa Agropecuaria del pueblo.
Nuestro jefe directo era el Cabo 1º de Intendencia Ramón Antonio Morales, un
muchacho con buena onda y muy capaz. En Intendencia había muchos subtenientes,
que eran de nuestra edad, y si bien había respeto, no andaban con tanta
rigurosidad disciplinaria con eso de llamar atención, pararse, ponerse firmes,
saludar cuando entraba o nos cruzábamos con algún superior. La mayoría de los
muchachos eran cordobeses y el clima que se vivía era de otro mundo, muy
distinto al que teníamos que soportar cuando nos poníamos bajo las órdenes de
los oficiales y/o suboficiales de infantería, que siempre andaban a los gritos
y dando órdenes con agresividad y prepotencia, en muchos casos con palabras
ofensivas, que es lo que más nos dolía. A mi criterio el superior debe dar
órdenes concretas y con firmeza para mantener la disciplina, pero con respeto
hacia el subordinado, algo que brillaba por su ausencia, especialmente cuando
las impartían personas de bajo nivel educativo, que los había y en abundancia.
Siempre
traté de contactarme con Saraceni dado que, como dije antes, compartimos uno o
dos meses juntos, pero nunca di con él hasta que me encontré con el portero del
edificio donde vivía uno de mis hijos en Buenos Aires que resultó ser de Diego
de Alvear. Este señor Jorge Arias, me dijo que lo conocía a Saraceni y que
estaba trabajando en la Provincia de La Pampa administrando una estancia, pero
que se había enterado de que estaba jubilado y tenía la intención de volver a
radicarse en el pueblo. El 23 de abril de 2011 lo busqué por Facebook, y di con
él. Efectivamente, se jubiló, pero todavía continúa trabajando en La Pampa y
cada tanto se hace una escapada al pueblo. Quedamos en encontrarnos en algún
momento cuando viaje a los pagos de Diego de Alvear.
Tabla y Madera
Hay un dicho que dice “Dios los cría y ellos se juntan”. En este caso se juntaron dos apellidos sinónimos: Tabla y Madera. El primero era un recluta de la Clase’42 y el segundo un soldado de dos o tres clases anteriores que estaba castigado por desertor. No recuerdo qué destino tuvo Tabla, pero Madera (que era homosexual declarado) deambulaba por todo el cuartel cuando lo dejaban salir para que tomara aire. Donde había un grupo de soldados a las risotadas, seguro que en el medio estaba Madera que contaba sobre sus preferencias sexuales. Algunos lo cargaban y le hacían bromas, pero lo escuchaban cuando respondía a las preguntas sobre sus preferencias sexuales; todos querían saber cómo eran esas raras relaciones.
Siempre se tuvo como cierto que las personas homosexuales eran exceptuadas del servicio militar. Una invención que nunca tuvo sustento. ¿Quién podría descubrir que un muchacho de 20 años era homosexual? Por otra parte (y más aún en aquellos años) ¿quién se iba a declarar homosexual?
En
nuestra compañía hubo un caso comprobado. Se trataba de un chico de Buenos
Aires, cuyo nombre mantendré en reserva. Según su propia versión, cometía actos
de indisciplina para que lo encerraran en el calabozo así podía tener
relaciones íntimas con los presos. Una noche, ya cumplido su arresto, estuvo
con nosotros en el detall y charlamos largo y tendido sobre el tema. Tal vez
alguno de los otros furrieles recuerde algo más de lo que conversamos. Como acababa
de salir del calabozo, tenía la cabeza totalmente rapada (propio de un preso) y
se había sacado una foto para recordar su paso por el calabozo. Era un chico de
baja estatura, piel morena (casi negra), nariz chata y ojos claros muy grandes.
Diríamos que no era un tipo de pinta. Todo lo contrario. Cuando le preguntamos
cuándo había comenzado a sentir inclinación por los hombres, nos dijo que a su
ingreso al cuartel nunca se le había ocurrido tener este tipo de relaciones.
“Siempre me gustaron las minas, -aclaró- pero cuando comenzamos a ir a las
duchas desnudos y ver esas pijas grandes y dormidas, empecé a hacerme el bocho
pensando cómo pararlas…Y me comenzaron a gustar” Confesó con total normalidad,
sin avergonzarse. Recuerdo que nos marcó a aquellos que la tenían larga y se
sonreía mirando de reojo cuando nombraba a los que la tenían corta. Nosotros
festejamos sus comentarios y lo tomamos en broma, pero él lo hacía con mucha
seriedad. Curiosamente, a pesar de nuestra insistencia, jamás reveló el nombre
del soldado con el que tuvo su primera relación.
El Polígono
El
2 de abril de 1963 después del mate cocido nos ordenaron cargar nuestros
bártulos (jarro, plato, cubiertos, servilleta) y partir rumbo al polígono. A
medida que avanzábamos por Campo de Mayo, observábamos los distintos cuarteles
que compone todo el complejo militar. Llegando al polígono, nos encontramos con
el acantonamiento de otras unidades militares que estaban de maniobras. Era
algo impresionante ver la cantidad de carpas y soldados que había en las
adyacencias del polígono. El día se presentó gris con mucha neblina, aunque no
hacía tanto frío. A media mañana se disipó la bruma y el sol comenzó a calentar
el ambiente. Apenas llegamos nos ordenaron sentarnos sin romper filas. También
permitieron que se fumara. En eso estábamos cuando súbitamente nos ordenaron
ponernos de pie y formar filas, media vuelta a la izquierda y marchar de
regreso. Los suboficiales estaban más desorientados que nosotros, hasta que el
rumor comenzó a correr y nos enteramos de que se había desatado otro quilombo
entre los “azules y colorados” al que se habría plegado la marina. Cuando
tomamos la ruta 8 rumbo a la 202, los camioneros que pasaban, y estaban
enterados de lo que ocurría, gritaban entre otras cosas: “Suelten a esos
muchachos…” ó “Larguen a esos muchachos…” y tras cada uno de esos gritos venían
los saludos para las madres de los militares. Nosotros nos cagábamos de risa
(en silencio), pero los suboficiales se mantenían mudos, embroncados, estaban
como hartos de estos desaguisados que armaba la cúpula del ejército y que los
mandaran al frente, como no podía ser de otra manera.
Como
consecuencia de este quilombo, fueron movilizados los soldados de las compañías
“Comando y Logística” y “Abastecimiento y Transporte”, que salieron del
cuartel. Felizmente todos volvieron sanos y salvos y pudieron contar sus
experiencias. Los que más se despachaban eran los Suboficiales, muy calientes
porque los colimbas de la marina comían y vestían mejor que ellos y estaban
provistos de mejor armamento. En definitiva, los colimbas de la marina tenían
una mejor calidad de vida que la de los suboficiales del ejército. El
descontento de éstos se registró tiempo después cuando se desató una asonada
interna reclamando “mejoras laborales”.
Terminado
el despelote entre “Azules y Colorados” volvimos al polígono; esta vez salimos
por la guardia que está detrás de la Escuela, cuyo acceso está frente a la
curva de la ruta 202 que va a Don Torcuato. Todavía estaba oscuro cuando
pasamos frente a la residencia del subdirector de la Escuela Superior del
Ejército, en ese entonces el coronel Alejandro Agustín Lanusse, a quien pudimos
ver por los amplios ventanales de una de las dependencias iluminadas, junto a
otras personas de su entorno familiar.
Aquel
día hubo práctica de tiro, pero esta vez tampoco pude tirar con el viejo Mauser
porque iniciamos el regreso antes que me tocara el turno, ya que por el
abecedario era uno de los últimos de la lista. Recuerdo un hecho cómico, a
pesar de que pudo haber sido trágico. Nuestro grupo tenía como instructor de
tiro al Principal Juan José Gionto, que a su vez contaba con la asistencia del
Cabo Cocinero Bautista Dondo (auxiliar ayudante). El cabo seguramente era buen
cocinero, pero de armas sabía tanto como yo de medicina. Mientras estábamos en
plena actividad en el polígono, en un momento determinado le recibió el arma a
uno de los soldados que acababa de tirar y comenzó a enseñarle al siguiente
cómo debía cargar el Mauser. Pero he aquí que daba las instrucciones con el
arma en posición horizontal, lo que era, además de peligroso, no muy
profesional. En ese momento el Principal Gionto que estaba a unos cinco metros
aproximadamente a espaldas del Cabo, observó la maniobra y comenzó a gritar
desaforadamente: “¡Cabo, baje el arma! ¡Cabo baje el arma carajo!” y al mismo
tiempo ordenaba que nos tiráramos:“¡Cuerpo a tierra!” mientras él se deslizaba
agazapado detrás de los bancos que había a lo largo de la galería, tratando de
llegar lo antes posible a donde estaba el Cabo que, a causa de los disparos y
la conversa del ambiente, no oía lo que Gionto le ordenaba, hasta que llegó a
sus espaldas y le pegó el último grito: “¡Cabo, por Dios baje el arma!” El cabo
se dio vuelta sorprendido, y se cuadró con el arma apuntando horizontalmente, y
Gionto de un manotazo la empujó la punta del caño hacia abajo. ¡Qué calentura
que tenía ese viejo! ¡Quería cagarlo a trompadas! Creo que el negro Alberto
Olmedo no hubiera hecho un sketch tan cómico como el Cabo Dondo cuando se
cuadró ante Gionto poniendo cara de boludo. ¡Era terrible! En ese momento entró
el oficial instructor Tte.1º Jorge Arturo De Vicién y se llamó a silencio.
Gionto giró sobre sus talones y se cuadró ante el oficial informándole que todo
estaba bajo control. Pero la cara que puso el oficial cuando se retiró indicaba
que no se había tragado el verso, intuía que algo raro había pasado. Enseguida
todo volvió a la normalidad, pero Gionto aprovechó para volver sobre el tema.
Con la carabina entre sus manos reinició su prédica con mucha tranquilidad,
pero a medida que avanzaba, su voz iba aumentando de volumen y el termómetro
marcaba subida de temperatura, hasta terminar con una última advertencia más
caliente que ají molido: “¡No jodan con las armas y comiencen a usarla como se
les ha instruido manga de pelotudos!” ¡Ja! Pelotudos los soldados, el cabo no.
Furrieles
Habíamos
formado un equipo bastante homogéneo, donde cada uno tenía -además de una tarea
asignada- alguna cualidad particular. Cordero era un muchacho muy inteligente y
escribía a máquina con mucha rapidez. Casey había estudiado medicina y sabía
todo lo relacionado a las enfermedades y remedios recetados por lo que estaba
encargado del libro de enfermería y los partes diarios de racionamiento. Vitali
se destacaba por tener una letra muy legible y prolija; además estaba
acostumbrado al manejo de expedientes razón por la que le encargaban trabajos
relacionados a los legajos personales que debían hacerse manuscritos. Yo no
recuerdo cuál era mi tarea específica, pero sé que compartía con Cordero todo
lo que había que pasar a máquina. Cordero confeccionaba los listados de guardia
diaria de la compañía en el que había una rotación permanente de soldados.
También pasábamos a máquina todas las directivas que el Capitán Sánchez
escribía a mano y otra documentación que nos enviaban de mayoría. Respecto a
las guardias, siempre había quien -por una u otra razón- pedía el cambio de
fecha. Esto lo hacían algunos para especular, otros porque habían acordado una
cita para ese día y querían salir. Si por error se los ponía de guardia muy
seguido, se armaban discusiones y -con justa razón- los perjudicados se
quejaban al Encargado de la compañía, lo que no era bueno para nosotros porque
nos creaba un problema ante la superioridad. También había quienes pagaban las
guardias. Esto era tan común, que los superiores lo permitían porque sabían de
la necesidad de dinero que tenían muchos colimbas del interior y esta era la
oportunidad de hacerse de algún mango para sus gastos personales. Los colimbas
de Buenos Aires estaban siempre en ventaja respecto a los del interior, porque
iban a sus casas a dedo y comían en sus casas, en cambio el del interior tenía
que rebuscársela para tener un mango cuando salía el fin de semana.
Armando
Diguardi (que aparece en la foto con los furrieles) era el asistente del Sgto.
Ay. C.M. Antonio Allegretti, Auxiliar encargado de la oficina del sector
Tracción Mecánica desde donde se hacían las compras, se elaboraban los
presupuestos de reparación, stock de repuestos, etc. Diguardi vivía en Santos
Lugares y recuerdo que en una oportunidad me invitó a su casa y me llevó a conocer
la casa de Ernesto Sábato, no recuerdo bien, pero creo que estaba a pocas
cuadras de la suya. Los Diguardi tenían un hotel u hostería en la zona
turística de Caruhé en el sur, donde años más tarde se produjo una gran
inundación que arruinó toda la zona turística. No sé si el pueblo se recuperó e
ignoro si todavía ellos tienen la hostería.
"El Cholo"
No
recuerdo bien cuáles fueron los motivos por el que se apodó: “El Cholo”, a Juan
Carlos Vitali, un sobrenombre que le quedó hasta el día que nos dieron de baja.
No tengo la certeza, pero creo que cuando llegó aquella noche a la compañía,
Paniagua lo hizo pasar al Detal para hacerle las preguntas de rigor y recibir
la documentación que traía para su incorporación. Entonces le preguntó de dónde
era y Vitali le dijo “Chabás” y cuando se retiró a dormir, Paniagua comenzó a
repetir palabras como “Chola” “Choza” “Chala” hasta que dijo “Cholo” porque no
tenía la menor idea dónde quedaba Chabás y mucho menos recordaba su nombre.
Creo que Cordero fue el ideólogo del sobrenombre.
Había
dos cosas que yo no soportaba. Una que me tocaran el culo y la otra que se
tiraran pedos en la oficina. “El Cholo” gozaba cuando me calentaba por estos
motivos. El muy atorrante, antes de salir de la oficina se tiraba un sordo,
cerraba la puerta y rajaba. “¡La puta qué olor!” me quejaba y abría puertas y
ventanas aún en pleno invierno mientras los demás que cagaban de risa. Un día
me puse de acuerdo con Cordero para hacerle una broma. Sabíamos que era
alérgico al “flit” y estábamos en el mes de octubre de 1963 próximos a la
primera baja y había un asunto que nos intrigaba: “quién sería el que se iba en
la primera baja”. Aunque se descartaba que fuera Cordero el beneficiario, no
teníamos la certeza de cuántos y quiénes se irían. Podría ser uno o dos, ya que
en la mayoría de los casos era el 50% de cada sector). “El cholo”, que estaba harto de la colimba y desesperado por rajar, estaba muy ansioso
por saber cuántos y quiénes nos íbamos en la primera baja. Esto no quiere decir que los demás
quisiéramos quedarnos, sino que estábamos más dispuestos a aguantar hasta fin
de año, antes que hacernos la falsa ilusión de salir en la primera baja. En
cambio “el Cholo” no se resignaba y lo manifestaba abiertamente.
¿Qué
broma le hicimos? Cerramos puerta y ventanas del Detal y lo inundamos de
“flit”, salimos a la galería y lo llamamos diciéndole que habíamos encontrado
en el escritorio del Capitán la lista de la primera baja. “El Cholo” exaltado
se vino rajando, se metió como un caballo en el detall y nosotros nos quedamos
afuera y le echamos llave. Adentro “El Cholo” atrapado, comenzó a estornudar y
a putearnos… ¡Cómo puteaba ese cristiano! Mientras gritaba: “¡José, nunca
esperé esto de vos!” gemía como una magdalena mientras seguía estornudando y
pidiendo “¡Abran la puerta hijos de puta! ¡Achís!, ¡achís!” Cuando le abrimos
la puerta salió con los ojos llorosos y tapándose la nariz con el pañuelo. El
naso parecía un tomate perita, estaba rojo e inflamado. “Eso es por los pedos
que te rajás en la oficina” le dije mientras todos los que se habían amontonado
afuera se cagaban de risa… Finalmente él también se sumó a la broma, pero se
había puesto tan mal que yo particularmente me asusté. Temí que se
descompusiera.
"El puntazo"
Había
un soldado (Germán S.) de “La Carlota”, Provincia de Córdoba, que tenía
características muy particulares. De piel morena, ojos saltones, ñato con
mentón prominente y de escaso nivel de instrucción. Se caracterizaba por tener
un extremo acento cordobés muy arraigado en esta zona del sur de la provincia.
Cuando hablaba tenía un dicho que usaba permanentemente y que se transformó en
su propio sobrenombre: “el puntazo”. Cuando íbamos al baño a ducharnos, no era
cuestión de descuidarse y darle la espalda, porque el negro no le hacía asco a
nada y le gustaban algunos culos, según lo manifestó él mismo en más de una
oportunidad. Era un peligro andante.
En
nuestra jerga, para referirnos a una persona sin nombrarla decimos “el punto”.
(Verbigracia: “el punto se quedó piola por temor a que lo descubriesen”) Pero
este cordobés decía: “el puntazo”. En cierta ocasión estábamos trabajando con
los legajos personales de todos los soldados de la compañía, y nos causó gracia
el contenido de su expediente, donde constataba que había ido preso en varias
ocasiones por “raterismo”. Una de las tantas detenciones registradas, daba con
lujo de detalles su ingreso a prisión “por hurto reiterado de aves de corral”.
Este dato marcaba la personalidad del individuo, que no era ni más ni menos que
un “chorro de gallinas”. Sin dudas, uno de los delitos más leves, pero delito
al fin.
“Viajar en tren sin boleto”
Cuando
salíamos de franco (por lo general los miércoles por la tarde) nos íbamos de
paseo a la capital. Los de Buenos Aires decían que iban “al centro”. Tomábamos
el tren en San Miguel y la aventura comenzaba en la estación, cuando subíamos
sin boleto y nos escapábamos de los guardas que nos corrían por todos los vagones
para hacernos bajar. Cuando algún guarda nos acorralaba, nos bajábamos
mansamente en la primera estación y esperábamos el próximo tren. Sin dudas era
una locura, pero a su vez una manera desahogarnos de los sapos que nos comíamos
en el cuartel. Con esa transgresión, corríamos el riesgo de ser “botoneados”
por algún guarda embroncado (que los había), aunque la mayoría hacía la vista
gorda y evitaban tener problemas. Si alguno nos delataba, podríamos ser
detenidos por la seguridad ferroviaria y consecuentemente reportados ante
nuestros superiores, lo que sería fatal. Pero más allá del sentido aventurero
de este proceder, teníamos un signo de “hermandad”, que iba mucho más allá de
la solidaridad entre colimbas. Es increíble como uno llega a sentirse hermanado
con otro después de convivir tanto tiempo, soportando el mismo trato, comiendo
el mismo guiso, tomando el mismo mate cocido. Si hay algo positivo de la
colimba, es precisamente eso, el aprecio y el afecto que uno llega a tener por
sus compañeros. Tal vez haya quienes no sientan lo mismo, pero creo que en su
gran mayoría ese sentimiento primó sobre cualquier otro. Digo esto porque había
quienes no tenían necesidad de viajar sin pagar el boleto (que era barato) pero
había otros que cuidaban el mango al extremo y en vez de gastar en boletos,
preferían tomarse una cerveza o un vino. Ante esta situación, los que podían
pagar el boleto no lo hacían y acompañaban a aquellos que cuidaban sus pesos y
preferían gastarlo en algún gusto personal.
Incursiones por el bajo
Otro
cordobés muy especial fue Eraldo Capellari. Vivía en zona rural de Sampacho, en
la Provincia de Córdoba, y era muy chueco. Tenía las piernas que parecían
paréntesis ( ). Un muchacho al que todos querían porque era muy divertido, pero
cuando se enojaba, no era fácil tranquilizarlo. Se ponía muy loco.
Una
noche nos fuimos en patota con el chueco a la Capital. Después de comer
milanesas con papas fritas y tomarnos unos cuantos vinos, nuestra cita obligada
era el bajo. Allí estaban todos los piringundines de mala muerte repletos de
marineros extranjeros. Había que andar con mucho cuidado, porque a esa altura
de la noche ya tenían un pedo mortal, y además de cantar, llorar y franelear a
las meretrices, los tipos estaban fuera de control, de manera que, si alguno se
salía de madre, había que aguantársela ante una eventual gresca, porque se
venían todos encima.
Esa
noche, como lo hacíamos habitualmente, entramos a varios boliches, todos
lúgubres y fétidos En el primero dimos una vuelta tratando de tocar algo, pero
no conseguíamos nada, estábamos -como era habitual- secos para esos trotes,
entonces cuando las minas se ponían pesadas tratando de sacarnos el mango que
no teníamos, nos retirábamos mansamente ante el riesgo de ser vapuleados por
los bravucones que estaban atentos, acurrucados atrás de un biombo que había en
el fondo. Más adelante entramos a otro piringundín donde estábamos de lo mejor;
había música de los “Wawanco”, muy pegadiza y de moda. De repente se armó una
gresca cuando Capellari le metió la mano bien adentro a una gorda culona que
estaba semi agachada… ¡Para qué! La gorda se recalentó y comenzó a cagarlo a
palos por el lomo; el chueco salía corriendo acurrucado y detrás de él todos
nosotros que tratábamos de escapar por la puerta angosta, mientras recibíamos
azotes de todas las mujeres que se plegaron a la furia de la gorda. ¡Qué
despelote! Felizmente logramos salir de la ratonera… La noche estaba muy fría,
y al salir sentimos una brisa fresca y reconfortante que nos sacó el sofocón. Fuera
de peligro, a la distancia pudimos observar que los rufianes ya se habían
puesto en pie de guerra y nos observaban semiocultos detrás de la puerta. Si
hacíamos algún movimiento raro se nos venían encima y seguramente nos cagarían
a palos. Eran tipos grandotes y corpulentos, con trajes negros y camisas
blancas con rayas negras, sombreros al tono y zapatos blancos con alguna veta
marrón. ¡Qué julepe nos pegamos! Algunos dijeron que no habían sentido miedo
¡las pelotas! Estábamos todos julepeados porque el despelote fue muy grande.
Además, no éramos pendencieros y mucho menos estábamos preparados para estas
grescas. Al gringo Capellari se le fue la mano con la gorda, pero bueno, el
diablo lo tentó y no pudo con su genio. Pero nada más que eso. Fue solo el manotazo
de un seco lo que desató la furia, lo que no quita que fuera ¡una noche
inolvidable!
Marineros holandeses
Recuperados
de la feroz batalla que originó la manotada de Capellari, partimos hacia otro
boliche. Los burdeles estaban uno al lado del otro, con faroles y guirnaldas de
colores rojo, amarillo y verde que adornaban la entrada con alguna leyenda
atractiva para los potenciales clientes. Recuerdo uno escrito con letras
fuleras que decía algo así como: “Un ángel te espera” o “El Ángel azul”. Finalmente
entramos a uno que tenía el dibujo de una manzana sobre la que se leía en
letras blancas: “La manzana de Eva”. Más de una vez pensé que con estas
ofertas, el paraíso estaba en decadencia. Frente a cada local había una o dos
mujeres en minifaldas que mostraban sus muslos ampulosos con medias caladas y
sus pechos exuberantes sostenidos por corpiños ajustados que disimulaban su
flaccidez. Y en medio de todo ese fárrago, se olfateaba una atmósfera saturada
por un fuerte olor acre, que hasta parecía impregnarse en la ropa.
El
boliche “La manzana de Eva” estaba lleno de marineros holandeses con un pedo
tremendo. Cuando entramos estaban cantando a toda voz una canción típica de su
patria y aunque los tipos cantaban totalmente desafinados, la canción parecía
ser muy melancólica, porque los gordos lloraban como bebés. Uno de ellos,
pelirrojo rechoncho, se cayó del taburete de la barra y se golpeó la cabeza con
el posa pies. El tipo pesaba más de 100 kilos y quedó inconsciente; sus
compañeros desesperados hacían lo imposible por reanimarlo, pero la mole no
respondía. Finalmente abrió medianamente un ojo y emitió algún sonido; unos
segundos más tarde quería incorporarse para seguir cantando, pero sus
compañeros lo llevaron a la rastra hasta una pieza contigua. Al rato el clima
volvió a la normalidad y nuevamente se reinició la jarana. De la alegría que
tenían, nos pagaron unas vueltas de cerveza, mientras que una de las chicas
intentaba reanimarlo y sacarle -además del pedo- todo lo que llevaba encima;
aunque a esta altura el tipo ya no tenía ni guita ni energías para derrochar.
Estaba totalmente KO. Cada tanto el gordo amagaba incorporarse para volver a la
joda, pero la mina lo mimaba y lo volvía a recostar. En ese boliche no hubo
gresca, pero la noche ya estaba muy avanzada y tuvimos que regresar al cuartel,
al día siguiente nos esperaba una larga jornada y había mucho para comentar.
“¡Tanto quilombo por un botón!”
Paniagua,
como buen encargado de compañía, andaba siempre husmeando y observando lo que
acontecía en las instalaciones. Un día, cuando todos los soldados habían
regresado de sus destinos y estaban en orden cerrado antes de ducharse, el tipo
observó que, a mitad del pasillo central del dormitorio, se reflejaba la
silueta de dos soldados en una posición complicada. Desde el hall de entrada,
Paniagua seguía sin descifrar lo que acontecía porque los movimientos eran
lentos, entonces avanzó un poco más y se detuvo nuevamente para observar con
más detenimiento. Súbitamente pegó el grito: “¡Soldados! ¡Por favor! ¡Vengan
para acá inmediatamente!” Ese “por favor” no era un ruego. Era como decirles “¡Boludos!
¡¿Qué carajo creen que están haciendo?! ¡Parecen degenerados!” Los soldados a
toda carrera se cuadraron.
-
“¿¡Qué es lo que están haciendo?!”
los apuró Paniagua
- “Le estaba cosiendo un
botón…”
respondió Rogelio Ponzone poniendo cara de boludo.
Sin
dudas Paniagua captó lo que estaban haciendo, pero no podía creer que dos
hombres grandotes fueran tan pelotudos para montar semejante escena. Totalmente
sacado, los comenzó a bailar:
- “¡Cuerpo a tierra!
¡Salto rana! ¡Arrastrase! ¡Pararse! ¡Salto rana! ¡Arriba! ¡Abajo! ¡Flexiones
uno, dos, tres, cuatro, cinco! ¡Pararse! ¡Saltar!” – gritaba el viejo
Paniagua caliente como bosta e ‘mono. Estaba fuera de sí.
El
cuadro difuso que se veía era la de Ponzone arrodillado cosiéndole un botón de
la bragueta al gordo Leali, que estaba parado con las piernas abiertas. Sin
dudas la imagen a contraluz era desagradable, y a Paniagua lo sacó de cause. “Parecían dos trolos haciendo chanchurrias”,
dijo luego en el detall, y esta vez sí que estaba caliente. Nosotros no
podíamos contener la risa y el viejo nos cagó a pedos también.
Con música propia
Era
una de las tantas mañanas de formación frente a la compañía. Ya habíamos tomado
el mate cocido, yo había llevado la bicicleta de Paniagua al depósito y en el
detall mis compañeros preparaban el parte del diario para que el oficial de
semana presentara el personal al jefe de la compañía. Este era un ritual al que
nos acostumbramos como si fuera una necesidad diaria y no era otra cosa que un
acto protocolar que hace al orden y la disciplina. ¡Si habremos dibujado los
números de esos partes! Pero continúo con lo que quería contar. Mientras se
esperaba a que llegara el capitán, Paniagua normalmente hacía una incursión
ocular previa ante la formación. Era una manera de pasar revista y ver si los
soldados estaban presentables: cabello corto, afeitados, ropa limpia, botones
cosidos, borceguíes lustrados y no sé cuántas macanas más. En eso estaba cuando
de pronto, en el silencio de la mañana, sus oídos captaron una musiquita muy
débil, que parecía muy lejana, pero que en realidad estaba ahí, muy cerca.
Curioso como era, Paniagua siguió avanzando frente a la formación y cada vez la
música era más nítida. De pronto se detuvo en seco y paró la oreja. Ahí estaba
el sonido, un soldado de la segunda fila con música propia. Lo tomó de la
campera y lo llevó al frente. Delante de todos le metió la mano en la campera y
como por arte de magia, sacó una pequeña radio portátil que difundía un alegre
chamamé. Como vio que el soldado tenía los demás bolsillos inflados, siguió
metiendo mano. ¡Oh sorpresa! sacó un salame enorme, después un trozo de queso
cuadrado y finalmente una enorme galleta casera. Paniagua no aguantaba la risa
(aunque no podía mostrarla) y fingiendo mucha seriedad le dijo al soldado que
viniera al detall por la tarde para buscar la radio y que, por ahora, guardara
todo en sus bolsillos y se volviera a su lugar. La risa se expandió y Paniagua
chocho, había logrado hacer reír a la compañía y a la vez hacerse el hombre
malo que baja la caña a quienes no cumplen con las reglas. Sin dudas, era un
buen showman. El dueño de la radio, el salame, el pan y el queso, era nuestro
común amigo José Constante Bozikovich. ¡Toda una institución!
Noches de San Miguel
Después
que se iba el Capitán y la compañía quedaba a cargo del oficial y suboficial de
semana, todo parecía tranquilizarse. Era el momento del sosiego y la tertulia.
Algunos se agrupaban para charlar, otros miraban televisión. Después de la jura
de la bandera el 20 de junio, todo pareció tranquilizarse, porque el período de
instrucción ya había acabado y solamente íbamos a nuestro lugar de trabajo. Por
consiguiente, no existía tanta rigidez por parte de los superiores y nosotros
ya estábamos habituados a las normas existentes y nos arreglábamos para
gambetear las boludeces a las que nos habían acostumbrado. Después de la
primera baja que se produjo el 22 de noviembre de 1963 se notó un cambio de 180
grados. Fue cuando comenzamos a salir todas las noches. Generalmente los
miércoles íbamos al centro y los demás días a San Miguel. Aunque en el Detall
nos turnábamos porque había trabajos que presentar al día siguiente.
Una
noche como tantas de aquel verano del 1963/64, nos fuimos a San Miguel.
Estábamos boludeando por la plaza y nos encontramos con José Bozicovich que
andaba en una estanciera color té con leche y una franja blanca. Como siempre,
todos estábamos al salto buscando algo para carnear. Según Bozi, alguien le
había dicho que a escasas tres cuadras de la plaza se podían conseguir algo
bueno y seguro. (Libre de toda chinche y ladilla) Con este dato posta, no
perdimos más tiempo y nos fuimos a comer a un bodegón que estaba pegado al
Cuartel de Bomberos, donde antedía una piba muy linda y hacían unas pastas
exquisitas. Aunque todos estábamos calientes con la mina, nadie se atrevía
porque era la hija del dueño, un tipo de buena onda, pero de pocas pulgas. El
hombre infundía respeto. Por eso, además de portarnos como buenos caballeros,
la pasábamos muy bien y la comida era buena y accesible. Esa noche cenamos en
el patio a la luz de las estrellas y acompañamos las pastas con unos cuantos
pingüinos de vino tinto. La noche estaba para disfrutarla a pleno y todos
estábamos contentos y festejando por adelantado lo que se venía.
Terminada
la cena nos apiñamos en la estanciera y partimos rumbo a la casa señalada. No
recuerdo bien, pero creo que fue el “Cholo Vitali” el que se bajó para hacer
las averiguaciones correspondientes (tarifas, turnos, ambiente). Tengo grabada
en mi memoria el momento en que tocó timbre y lo atendió un muchacho con quien
inició un breve diálogo. Sorpresivamente nuestro mensajero dio media vuelta y
al tranco largo se vino hasta la estanciera. Apenas subió, pegó el portazo y
sin muchas explicaciones dijo medio aturdido: “¡Rajemos!”. Bozi puso primera y
arrancamos a toda máquina, intuyendo que algo grave había pasado y que podría
armarse alguna gresca. Intrigados, y no sin recelo, miramos hacia atrás y vimos
con sorpresa que de la casa salía un enjambre de chicos homosexuales. ¡Nunca
había visto algo igual! Los tipos estaban tan asombrados como nosotros. Tal vez
ellos también esperaban tener fiesta esa noche, porque nos hacían señas para que
regresáramos. Cuando le preguntamos a Bozi quién le había pasado el dato, nos
respondió:
- “El negro Zárate”
- “¡La puta que lo parió!” exclamamos todos juntos y
nos entramos a cagar de risa. ¡El negro atorrante nos había hecho una joda
genial!
Terminamos
la noche en un club de barrio de San Miguel, donde había unos cuantos
suboficiales con sus familias. El ambiente no era el mejor, pero ideal para
cumbiar.
La siestita de Casey
Cuando
volvíamos de franco cada uno traía algo para comer: Un matambre arrollado,
dulce casero, tortas, salamines, algún pollo al horno, milanesas, y a veces
hasta un buen vino solía escabullirse entre el bolso. Era el mes de octubre y
el clima se estaba poniendo pesado. Ese lunes arrastrábamos el cansancio de un
fin de semana de trasnochadas, más un viaje de 6 horas el domingo por la noche,
bajar en ruta 8 y caminar hasta el cuartel y apenas dormir una hora, era fatal.
Para colmo, a la mañana temprano habían traído a la compañía un montón de
colchones que había que clasificar y luego distribuir a otras compañías. Los
colchones fueron apilados en la pieza de trastos que había entre la armería y
el depósito de ropa. Ese mediodía ya habíamos comido lo que habíamos traído de
casa, pero igual teníamos que concurrir al comedor con el resto de la compañía.
Cuando regresamos nos metimos en el detall y Jorge Casey, con mucho sueño
acumulado, se metió en la pieza de los colchones para dormirse una siestita.
Antes de entrar nos pidió que vigiláramos que nadie lo sorprendiera in
fraganti. Pero he aquí que sucedió lo que nunca. No recuerdo muy bien a qué
hora se reiniciaban las actividades, pero eran alrededor de las dos de la
tarde, cuando imprevistamente, aparecieron conversando tranquilamente el Cap.
Sánchez y el Pr. Paniagua, quienes ni siquiera entraron al Detall, fueron
directamente a la pieza de los colchones y “¡Oh! ¡Sorpresa!” encontraron a
Jorgito Casey desparramado entre los colchones durmiendo plácidamente una
merecida siestita. Se produjo una escaramuza en medio de voces de mando que
sacudieron el ambiente y Casey, que salió cabeceando entre dormido, recibió del
Cap. Sánchez un patadón en el culo que lo hizo tambalear. El viejo gritaba
desaforado no sé qué improperios, pero estaba recaliente. En tanto Paniagua no
salía de su asombro. Estaba como estático con la boca entreabierta. Rojo como
un tomate y caliente porque ahora tenía que aguantarlo al viejo rezongar
durante el resto de la tarde. Estos hechos de indisciplina o pereza eran puntos
en contra para el encargado de la compañía, por lo que seguramente alguien
pagaría los platos rotos. Desde el detall, Cordero, Vitali y yo, al igual que
Paniagua, no podíamos salir del asombro. Es que había sucedido todo tan rápido,
que solamente alcanzamos a verlo a Casey salir oscilando entre dormido y
restregándose los ojos. ¡Qué cagada! No le pudimos avisar al gordo. ¡Los muy
guachos se presentaron de golpe y no nos dieron tiempo a nada! No sé qué pasó
después. Tal vez haya habido algún apercibimiento para Casey, pero no pasó a
mayores. Nuestras faltas solían ser blanqueadas por Paniagua, que, en el fondo,
nos cuidaba como si fuéramos sus hijos.
Cada
uno tuvo sus vericuetos en su lugar de trabajo. Un día me llamó el capitán
desde su oficina. Inmediatamente acudí y me dijo que me preparaba para tomar
nota de unas órdenes que debía luego transcribir a máquina. Es sabido que todo
Furriel debe estar siempre preparado con lápiz y papel en mano para anotar las
directivas del superior (tipo edecán), pero he aquí que lo único que yo tenía
en mano era papel, entonces maquinalmente estiré la mano para tomar una de las
lapiceras que había en el tintero de su escritorio. Apenas amagué me pegó el
grito: “¡No soldado! ¡Usted debe tener su propia lapicera!” y no sé
cuántas cosas más me dijo. Instintivamente salí como tiro para buscar una y ahí
al toque estaba Paniagua extendiéndome una birome para salvar mi situación. Con
esto quiero significar que Paniagua no era un tipo de mala leche, pero si uno
se mandabas alguna cagada ¡había que aguantársela!
Carta en inglés
En otra ocasión fui convocado
nuevamente por el Capital Sánchez a su escritorio. Cuando entré me hizo tomar
asiento frente a él. No recuerdo bien cómo comenzó la conversación, porque
seguramente yo tenía un cagazo de la gran perra. El tipo era muy jodido y de
los milicos nunca se puede confiar, especialmente como en este caso. Sánchez
ingresó a la escuela de suboficiales y por ciertas normas del ejército, los
suboficiales pueden ascender al cuadro de oficiales mediante cursos especiales
de aprendizaje. Se sabía que era compañero de algunos suboficiales que estaban
bajo sus órdenes, y precisamente éstos comentaban que, de haber iniciado su
carrera en el Colegio Militar de la Nación, ya debería tener el grado de mayor,
pero dada su edad, su carrera culminaría con el grado de capitán porque los
tiempos no daban para más ascensos.
El asunto es que me empezó a
interrogar por lo que decía una carta que tenía entre sus manos y que me había
enviado mi padre en inglés. Yo tenía por costumbre enviarle mis cartas en este
idioma simplemente para practicar la escritura, ya que estaba haciendo unos
cursos de inglés en horas nocturnas que dictaba la señora de Relling en la
Escuela Fiscal 496. Un día encontré una de esas cartas mías y en el sobre mi
hermano Eduardo, que era un bocho tanto en lengua como en matemáticas, escribió
algo así: “an old fashion letter”, es decir “una carta a la antigua” o
si se prefiere, desactualizada.
Volviendo al interrogatorio del
Capitán Sánchez, el tipo me extendió la carta y me ordenó que la tradujera.
Cuando terminé, y comprobado que no tenía nada en particular, sino simplemente
comentarios sobre la familia y el vecindario, me preguntó por qué
lo hacía en inglés. Dadas las explicaciones que le di, me aconsejó que
escribiera en castellano, que dejara el inglés para cuando regresara a la vida
civil. Seguidamente, como tomándome un examen sobre mis conocimientos de la
lengua hispana, me preguntó si era correcto decir “fierro” en vez de “hierro”. En
ese instante me vinieron a la memoria los años de la secundaria, cuando gracias
a los maestros españoles que tuve en el Sagrado Corazón, aprendí mucho de lo
poco que sé sobre el idioma; entonces le respondí que era correcto, porque se
trataba de un argentinismo de uso coloquial. Entonces continuó con su rol de
“maestro Ciruela” y decir que el “Martín Fierro” era un símbolo de la
fortaleza del hombre argentino, por su analogía con la dureza y no sé cuántas
pelotudeces más. Un claro síntoma de esos estúpidos nacionalismos que los
milicos querían trasmitir como que ellos eran más patriotas que los civiles. En
resumidas cuentas: Ahí descubrí que estos hdp nos abrían la correspondencia. Tal
vez lo hacían porque había indicios sobre bandas armadas que incursionaban en áreas
rurales. Desde ese día dejé de enviar cartas.
Como dije antes, en esos años ya
se rumoreaba sobre la existencia de algunos grupos paramilitares. Un oficial
instructor, durante una de sus clases teóricas, nos advirtió que había grupos
armados que asesinaban a gente inocente y causaban daños a bienes del ejército
y privados, secuestros de personas y asaltos a dependencias públicas, y que
ante estas situaciones el ejército se estaba preparando para atraparlos y
“cortarles las bolas”. Según él manifestó en ese entonces, había ido a Panamá a
tomar clases de combate antiguerrillero y que en una de las prácticas había
sufrido heridas en ambas piernas. Recordemos que la Escuela de las Américas, era
operada por el Ejército de los Estados Unidos, fue fundada en 1946 en Panamá
con el objetivo de entrenar a soldados latinoamericanos en técnicas de guerra y
contrainsurgencia.
En ese entonces era director del
Centro de Instrucción Logística General Lemos el coronel Ernesto Víctor López
que aspiraba a ascender a general, razón por la cual tenía que hacer mérito
para ganar galones y nada mejor que poner de retén a todo el cuartel los fines
de semana. Con el mismo objetivo, nuestro jefe, el Capitán Sánchez no quería
quedarse atrás y ponía a la Cia. Mantenimiento de retén todos los fines de
semana, lo que encarajinaba todo el programa de guardias y prestaciones.
Después de la primera baja no había tantos soldados como para cubrir todos los
servicios y encima tenían que hacer guardia. No sé si López ascendió, pero fue
reemplazado en el cargo por el coronel N. Curutchet Ragusin, que firmó nuestras
libretas de enrolamiento dándonos de baja.
Desde el “Centro de Instrucción
Logística General Lemos” Onganía dirigió las operaciones durante el conflicto
de “Azules y Colorados” el año anterior a nuestro ingreso, y que continuó en
1963 cuando se volvió a desatar la interna militar al poco tiempo de nuestra
incorporación. Onganía era el comandante en jefe del ejército y cada tanto irrumpía
en la Lemos donde tenía sus oficiales adeptos. Era como el hijo que vuelve a la
casa paterna cuando las papas queman. Para ello convocaba a reuniones de altos
mandos lo que movilizaba a todo el cuartel. Desde muy temprano nos hacían
vestir con el uniforme de salida y comenzaban los preparativos con mucha
anticipación, muy típico de los militares. Muchas veces estos preparativos se
cancelaban a media mañana porque se habían cambiado los planes y todos
volvíamos a nuestra rutina, como si nada hubiera pasado. Generalmente Onganía
se desplazaba en helicóptero y descendía en la plaza mayor frente al edificio llamado
-si mal no recuerdo- “Mayoría”, o sea, donde tienen sus despachos los oficiales
superiores y salas de reuniones. Ahí se desarrollaban las clases que llamaban
“juegos de guerra” a la que concurría toda la oficialidad.
Los calzoncillos largos de Cardinale
Ingresamos
en febrero, pero ya estábamos a fines de abril y todavía usábamos ropa de
verano. Por la noche hacía un torniquete que ni les cuento. Recuerdo que, a
causa del frío, una madrugada me vinieron unas ganas terribles de ir al baño.
Aunque la purga ya la habíamos pasado, pensé que estos hdep nos habrían
metido otra vez algunas sales en la comida a fin de aflojar el vientre. Pero no
era este el caso. Esta vez era el frío y la falta de abrigo adecuado. Como no
estaba permitido usar los baños internos, me fui hasta los de afuera que
estaban aproximadamente una cuadra de la compañía. Todavía las luces estaban
encendidas y había mucha niebla, clima natural de la zona en época otoñal.
Mientras iba hacia los baños, los intestinos estaban apurando el trámite y yo
no llegaba a tiempo, por lo que me largué a un costado y evacué sobre el
césped. ¡Qué alivio! Para justificar mi salida por si me topaba con algún
oficial de guardia (que a veces andaban dando vueltas al pedo) me fui hasta el
baño y conversé brevemente con el soldado imaginaria y luego regresé al
dormitorio, lamentando para mis adentros que, si al día siguiente algún colimba tuviera que hacer un cuerpo a tierra sobre mi cagada, tendría merecida su puteada.
Conté
lo que me pasó a causa del frío, porque al lunes siguiente sucedió algo muy
divertido. Habíamos regresado de franco y a las seis de la mañana sonó el
fatídico pitazo del oficial de semana, seguido del habitual griterío: “¡Al pie
de la cama!”. Ese lunes no fue la excepción y enseguida nos alineamos para
escuchar al furriel de turno que pasara lista, que a lo largo de un año
llegamos a memorizar como el padrenuestro. Comenzaba con Asenci, Antonio –
Aguetti, Luis – Aizcorbe, Ramón y así sucesivamente por riguroso orden
alfabético mientras cada cual daba su “¡PRESENTE!” en voz alta y clara, tal
cual nos habían enseñado. Todos los lunes cortábamos clavos, porque si algún
colimba faltaba sin justificativo, se armaba el despelote desde el vamos. Esa
mañana se demoró un poco más de lo normal el pase de lista porque uno de los
colimbas alineados al pie de la cama, sobresalía del resto. El tipo se había
venido equipado con un pulóver rojo furioso y calzoncillos largos. Todos nos
entramos a cagar de risa y el suboficial de semana se calentó. Creo que era el
Sgto. Ay. Félix Delcastello porque se originó una catarata de carcajadas que
alborotó a toda la compañía, y el petiso Delcastello, que era muy nervioso, no
podía poner orden a pesar de sus gritos de “¡SILENCIO!” una y otra vez sin
lograr su propósito. Calentito se fue hasta el soldado y le preguntó qué hacía
con esa ropa antirreglamentaria. Claro, no hacía falta aclarar mucho, el hombre
tenía frío. Pero he aquí que el suboficial comenzó a cagarlo a pedos diciéndole
que solamente estaba permitido vestir “los elementos provistos por el ejército”
(calzoncillo corto blanco y camiseta blanca) y que no se podía usar ropa de
color. El alboroto fue grande y finalmente hubo orden después de un espectáculo
cómico, cuyo protagonista no podía ser otro que nuestro recordado amigo:
Ricardo Cardinale. Demás está decir que la ropa fue incautada y devuelta cuando
salió en el próximo franco.
Calefacción
Como
dije en otra secuencia, tanto el jefe de la compañía Mantenimiento como el
encargado, aspiraban a que la compañía fuera “la modelo” de toda la escuela.
Por eso procuraban equiparla con todas las comodidades mínimas para el
bienestar de todos: oficiales, suboficiales y soldados.
Así
como habían calefaccionado el dormitorio de los soldados, también querían hacer
otro tanto con el Detall (de paso el Capitán trabajaría más a gusto si el
ambiente era cálido). Durante el invierno de 1963 Sánchez le encomendó a
Paniagua que gestionara la provisión de una estufa para calentar el ambiente
administrativo. No sé qué trámites realizó el Principal, pero la cuestión es
que llegó la calefacción al Detall. Entonces Paniagua le pidió al soldado
letrista de la sala de Armas Sergio Zoruba, que hiciera un cartel que dijera:
“Cerrar la puerta – calefacción”. Todo iba de diez con el cartelito y el clima
cálido que nos permitía trabajar cómodamente, hasta que una mañana muy fría
llegó el Tte. 1º De Vicién y cuando intentó abrir la puerta del Detall estaba
trabada por dentro. ¡Para qué! Le pegó un patadón que nos sacudió a todos. De
un salto Jorge Casey la fue a abrir y del empujón que le dio el oficial casi lo
estampa contra la pared. De Vicien muy caliente manoteó el cartel clavado a la
puerta, lo tiró al suelo y ordenó que se abrieran todas las puertas y ventanas.
(De paso, y para colmo, se levantó una uña) ¡Qué calentura mamita querida! Esa
mañana trabajamos como si estuviéramos en el medio de la plaza. Paniagua
caminaba para no enfriarse y taconeaba de una punta a la otra del Detall
silbando bajito… “Parece que se calentó el Tte. 1º” fue lo único que susurró y
siguió silbando bajito.
Cordobeses vs. Porteños
La
Compañía estaba llena de cordobeses. La mayoría (como dice José Bozicovich en
sus memorias) provenían mayoritariamente de la zona sur de córdoba cuyos
distritos principales son: Río Cuarto, Laboulaye y La Carlota. Los que
provenían de las zonas de influencia de estas tres ciudades mayoritariamente
trabajaban en el campo. Muy trabajadores y divertidos, pero de pocas pulgas. No
se amedrentaban ante nada ni nadie. Eran tipos batalladores. Entre cordobeses y
santafesinos no había rivalidad; en cambio entre cordobeses y bonaerenses había
mucha pica, y la convivencia no era nada fácil. Para los cordobeses los
bonaerenses y capitalinos era lo mismo y para éstos, nosotros éramos de ellos. Por
consiguiente, estábamos en el medio del choripán.
Los
cocineros tenían como líder a César Rosaroli, (Elena, Prov. Córdoba). Cuando
comían asado los rancheros, llegaban al dormitorio después que el resto de la
compañía con bastante carga etílica y se armaban grandes desboles.
Tal
vez Juan Ochoa pueda contarnos con lujo de detalles lo que allí acontecía, pero
hay algunas cosas que recuerdo vagamente. Eugenio Paván, era de Río Cuarto, y
batió todos los récords en prepararse la comida propia. Un fin de semana se
comió tres docenas de huevos fritos de un saque. Le agarró una hepatitis
fulminante y tuvo que ser internado de gravedad. El cordobés se salvó, pero
esquivó el guadañazo de casualidad. Así de audaces eran estos cordobeses.
Cicatriz
Antes
de finalizar el año, el ejército promueve los ascensos, los pases a retiro y
diagrama los nuevos destinos para sus cuadros de oficiales y suboficiales. Todo
ello se hacía previo a la incorporación de la nueva clase de reclutas que
cumplirían con el servicio militar obligatorio. En el caso nuestro nos
licenciaron definitivamente el 23 de marzo de 1964, y lo que les voy a contar
sucedió un mes antes de la baja.
Era
un día caluroso de febrero, cuando el soldado Esmer Fenoglio (Las Rosas, Prov.
Santa Fe) estaba boludeando por la escuela haciéndose la rata. El sol ardiente
del mediodía lo obligó a sentarse a la sombra sobre el cordón de una de las
calles internas. En esa estaba cuando pasó una de las estancieras del ejército
que a los pocos metros frenó bruscamente y retrocedió hasta estacionar frente
él. Su conductor se bajó y Fenoglio al ver que se trataba de un pescado gordo,
se puso de pie y en posición de firme, pero con la cabeza descubierta.
Enseguida reconoció las insignias: se trataba de un coronel, a quien muy pocos
conocían.
Ante
la pregunta del superior sobre los motivos por los que estaba haraganeando y
sin birrete, supuestamente Fenoglio le contestó que estaba descansando
reponiéndose del intenso calor.
Lógicamente,
ante semejante respuesta se vino una tremenda cagada a pedos feroz y le ordenó
que se presentarse de inmediato a la guardia. Supuestamente Fenoglio no lo hizo
y se fue directamente a su destino. Pero he aquí que el oficial lo estaba
esperando en la guardia. Pararon varios minutos y ante la evidencia de la
rebeldía del soldado, el oficial comenzó a buscarlo a través de las fotos que
había en los archivos obrantes en Mayoría. El tipo se recorrió minuciosamente
más de un centenar de fotografías una por una, hasta que finalmente dio con el
hombre buscado. ¿Cómo llegó a dar con él? Muy simple: Fenoglio tenía una leve
cicatriz en una de sus mejillas (derecha o izquierda, no recuerdo bien) y de
esa manera lo ubicó de inmediato. El coronel tomó los datos de archivo y se fue
directamente al destino del prófugo. Sin vueltas lo agarró de las pestañas y lo
zampó en el calabozo, previo rape total de cabeza. Fenoglio se chupó un mes
adentro. Se salvó de no quedar enganchado hasta después de la baja. El coronel
resultó ser el nuevo director de la Escuela a quien, ni siquiera los oficiales
subalternos y los suboficiales, conocían.
Esta
fue una de las tantas boludeces que cometíamos los colimbas veteranos.
Arriesgar nuestro licenciamiento al pedo, creyendo que, porque éramos soldados
“viejos” y prontos de salir de baja, los milicos no nos tenían en cuenta. Craso
error, el milico es milico desde que se levanta hasta que se acuesta. Aunque en
la vida privada, no sea tan cojudo.
Contaba
el Soldado Norberto Vieytes (Caseros, BsAs), asistente de un Tte. Coronel Jefe
de la Escuela (petiso y chueco), que en más de una ocasión oyó las violentas
discusiones que tenía con su mujer. Una mañana, cuando lo fue a buscar a la
casa, la gresca pintaba ser muy grosa, porque la mujer lo siguió hasta la
puerta de calle a los gritos pelados: “¡A gritar al cuartel! ¡Acá no me vas a
tratar como a un pobre soldadito!” y dio el portazo final. Según el asistente,
el petiso venía hacia el auto al tranco largo y cabeza gacha. Cuando subió lo
único que dijo fue: “¡Mujeres! Con las mujeres ya ni siquiera se empata” y no
abrió más la boca hasta llegar a la Escuela.
Esto
da la pauta de que el milico hace la vida de cuartel las 24 horas del día. Lo
lleva en el alma, no puede salirse de la huella en la que fue formado. Aunque a
veces el tiro le salga por la culata, como en este caso.
El birrete
Muchas
veces había oído a otros soldados putear contra los cadetes del ejército por el
trato que le daban a los colimbas en la vía pública. Había que tener mucho
cuidado con estos individuos, porque si te pescaban infraganti (campera
desabrochada, sin el birrete puesto o simplemente jaraneando) seguro que la
ibas a pasar mal. Los cadetes son los peores botones del ejército. Los milicos
viejos andaban por la calle de civil, y si veían algo raro, generalmente hacían
la vista gorda y no se involucraban; en cambio los pendejos, que vestían el
uniforme de gala y se exhibían por todas partes con mucha arrogancia, eran
capaces de matar a la madre con tal de prepotear a un pobre colimba. No creo
exagerar si digo que dormían con el uniforme puesto. Recordemos que estoy
hablando de una época en que los militares ejercían mucho poder.
En
una ocasión estábamos en Estación Retiro esperando el horario del tren para
regresar a San Miguel. Como todo colimba o estudiante, durante esas esperas no
se hace otra cosa que joder y hablar boludeces para pasar el rato. Más aún si
uno está cargado con algunos tintos de más. En esa ocasión yo estaba apoyado
contra una baranda, de espaldas a la puerta de entrada a los andenes, revoleando
el birrete entre las manos. De pronto siento una seguidilla de golpes fuertes
en el hombro derecho. Me doy vuelta como para putearlo al tipo que me estaba
jodiendo y me encuentro con un cadete de uniforme azul y blanco con algunas
franjas rojas y ribetes dorados (las tengo incorporadas a mi memoria). Todo fue
tan sorpresivo que no atiné más que a calzarme el birrete y ponerme firme. El
tipo parecía una máquina de espetar palabras. ¡Me pegó una cagada a pedos
feroz! No tengo en mente la sarta de boludeces que me dijo, pero sé que, como
colimba viejo acostumbrado a estos excesos, no me quedaba otra que asentir todo
lo que decía con la promesa formal de “portarme como debe hacerlo un soldado de
la patria”. El pendejo agrandado estaba con otros cuatro compañeros que lo
esperaban a unos metros más adelante, y cuando terminó de increparme se unió a
ellos y se fueron, mientras yo, como un pelotudo, me quedé en medio de la risa
de mis compañeros.
Mientras
escribo esto, me viene a la memoria lo que relató el periodista Daniel Mendoza
en ocasión de abordar el helicóptero que trasladaba al General Alejandro
Lanusse a la Casa Rosada para entregar el mando a Héctor Cámpora en mayo de
1973. Según el periodista, mientras el helicóptero tomaba altura, Lanusse mirando
hacia abajo le dijo: «¡Mire a ese pelotudo! ¡Vamos a llegar a las nubes y
todavía sigue haciendo la venia!». Se refería ni más ni menos que a Jorge Rafal
Videla, un milico completo, si los hay.
NUEVOS JEFES
Como
dije en otro relato, a fin de año se hacen los pases y promueven los ascensos.
Dos meses después de la primera baja ocurrida el 22 de noviembre de 1963 (fecha que mantengo en mi memoria porque ese día
asesinaron al presidente de los EE. UU. John Kennedy), nos
trasladamos al pabellón nuevo que está a dos o tres cuadras atrás de la vieja
compañía mantenimiento, orillando la ruta 202, cerca de la curva frente al
arco de entrada. El Capitán Sánchez y el Tte.1º De Vicien ya habían sido
trasladados y los cargos de Jefe de Compañía y Oficial Instructor fueron
ocupados por el Capitán Cases y el Tte. 1º Pedro Durán Sáenz.
El
capitán Cases era la antítesis de lo que fue el Capitán Sánchez. Era un gordo
culón, que se desplazaba dentro del cuartel en bicicleta y estaba muy poco en
la compañía. El tipo recorría las dependencias siempre en bicicleta. Un día me
agarró boludeando en el patio mientras fumaba un cigarro mirando trabajar a
unas hormigas en su recorrido por la pared y el hormiguero, así de simple. El
tipo se asomó por la puerta de atrás del detall y me gritó con voz socarrona:
“¿Quiere que lo ayude a pensar soldado? No es hora de andar boludeando. ¡Póngase a
trabajar soldado!”. Apagué el pucho y me fui de raje al detall, pero el gordo
ya se había ido. Así de fugaz fue su paso por la compañía. No estaba nunca. El
que manejaba todo era Paniagua, que a esta altura era uno más de nosotros. Con el gordo tuvimos muy poco trato.
Junto
con el gordo, también había caído a nuestra compañía el Tte.1º Pedro Alberto
Durán Sáenz. El tipo, según nos dijo, estaba castigado porque era del grupo de
los “colorados”, que todavía seguía enfrentado a los “azules”, partidarios de
Onganía, que dominaban la situación. Por lo que nos contaba, le correspondía
tener el grado de Capitán, pero lo habían relegado por haberse plegado a los
“colorados”. Y algo de lo que decía era
verosímil, porque estaba pasado en años para ser teniente primero. Yo no le
creía un pepino, más bien pensaba que no ascendía por inútil.
Siempre
andaba boludeando, como “volando cachilos”, porque nunca estaba enterado de
nada. El que lo ponía al tanto de todo era Jorge Casey. Un día estando en el
detall no le gustó un chiste que le hice, como que andaba en bolas ante un
hecho sobre lo que no tenía la menor idea. Posiblemente venía de alguna oficina
burocrática, porque no conocía su función dentro de la compañía. Se sentía como
que estaba al pedo. Fue en ese momento que me ordenó que aleteara como un
pájaro volando y que comenzara a correr alrededor del detall diciendo algo así
como: “Soy un pájaro bobo, soy un pájaro bobo”. Todos nos comenzamos a reír y
el tipo se prendió también, porque el asunto no daba para más. Pero estaba
claro que no le había gustado el chiste. Desde ese día me cuidé las espaldas,
porque no me inspiraba confianza; podía joderte en cualquier momento. Era un tipo no fiable.
Su
conversación favorita era hablar de mujeres y contarnos sus hazañas como
conquistador. A los pocos días que llegó a la compañía se puso a mirar la lista
de oficiales, suboficiales y soldados de la compañía, y enseguida preguntó
quién era Wallace. “¡Cagamos!” pensé: “¿Qué carajo habré hecho?” Para colmo en
esos días Fenoglio había sido encanado por el director de la escuela, y se
corría la pelota que tenía cagando a todo el mundo, por aquello de que “escoba
nueva barre bien”. Cuando le dije que yo era Wallace, simplemente me comentó
que la mujer tenía el mismo apellido y que vivía en General Alvear, Provincia
de Buenos Aires.
Un
fin de semana quedó a cargo de la Escuela. Era a la hora de la siesta cuando le
ordenó a Jorge Casey que se fuera a hasta San Miguel en su autito Renault
Duphine, a buscar una mina. Jorge me pidió que lo acompañara, por si las moscas,
y hacia allá partimos. Cuando llegamos al lugar señalado vimos a una mujer
parada en una de las esquinas de la plaza con una criatura tomada de la mano.
La pobrecita era tan humilde y carente de toda belleza que dudamos que fuera la
señalada. Para asegurarnos de que se trataba de la misma mujer, Jorge estacionó
unos metros más adelante para ver la reacción de la mujer y comprobar de esa
manera si era la indicada. Efectivamente, la mujer se acercó el auto y preguntó
si nos mandaba el teniente primero. Al confirmar que era ella, Jorge puso
primera y regresamos. No podíamos creer que el tipo tuviera sexo con una pobre
mujer a quien le faltaban algunos dientes y encima cargada con un niño. Cuando
volvimos sin el paquete, Jorge se la tuvo que aguantar por no cumplir con la
orden impartida. Sólo basta un botón de muestra para catalogar a este
personaje.
Directamente,
tanto el capitán como el Tte. 1º, no tuvieron mayor contacto formal con
nosotros, pero sí seguramente con los colimbas de la clase 1943.
Años
más tarde Durán Sáenz sobresalió en las noticias a raíz de ser acusado de
violar los derechos humanos durante la dictadura militar.
Según
las crónicas, Durán Sáenz era el oficial de mayor jerarquía dentro del campo de
concentración “El Vesubio” y actuaba con el apodo “Delta”. Según los anales
judiciales, vivía de lunes a viernes en el centro clandestino y los fines de
semana volvía a su residencia de Azul, donde asistía a misa los domingos. Tenía
cinco hijos, uno de ellos cursando estudios en el Liceo Militar.
Sus
víctimas lo detectaron cuando apareció en una fotografía periodística en
ocasión de la visita del presidente Raúl Alfonsín a México, donde había sido
designado Agregado Militar, precisamente por el gobierno radical.
A
raíz de la denuncia de un periodista, cesó en sus funciones y pasó a retiro.
Luego fue asesor de la Secretaría de la Producción de la Municipalidad de
General Alvear, lo que originó la solicitud de informes de un grupo de
Senadores que proyectaban su destitución.
Justo
cuando se cumplía la última etapa del juicio oral en su contra (con otros siete
imputados por violaciones), el tipo se muere.
Pedro
Durán Sáenz falleció el 06 de junio de 2011 a los 76 años a raíz de una
afección respiratoria. Había alcanzado el grado de coronel ®.
NOTA FINAL: Ingresé al
Servicio Militar el 10 de febrero de 1963 y fui dado de baja el 23
de marzo de 1964. Eso quiere decir que estuve trece meses y trece días bajo
bandera. Para ser más precisos,
recordar que el año 1964 fue bisiesto, entonces estuve incorporado durante 407
días (365+29+13).
Antes de la baja definitiva, me
encontré con amigos de la clase 1943 que acababan de ser incorporados: Eugenio
Bigliassi y Omar Orlandini de Venado Tuerto y Carlos Galice de Alejo Ledesma,
con quien estudié, junto a su hermano Raúl, en el Colegio Sagrado Corazón.
MIS RECUERDOS DE LA MILI
 |
Ex Soldado Clase 1942
Constante Bozicovich |
APTO PARA TODO SERVICIO
Por
Constante Bozicovich
ex
soldado clase 1942
El
día que me entregaron la Libreta de Enrolamiento, y con ella una hoja en blanco
con fecha 14 de mayo de 1942, tuve una sensación conmovedora, porque además de
ser un ciudadano argentino, pasaba a ser un "hombre", la puerta de la
emancipación a la que todo joven ansioso desea llegar. Para la libreta, de
tapas color marrón claro y suave al tacto, elegí la mejor foto, la que
consideré me acompañaría para siempre, en la que anotaría los pasos de mi vida
y por donde se reflejarían mis penas y alegrías, mi fe y mis esperanzas en el
porvenir. Allí quedarían estampados mis recuerdos a medida que pasaran los
años. Muchos formaríamos una familia, otros no lo harían y el paso del tiempo
los sorprendió solos. Tal vez pensaron que los padres vivirían para siempre, y
no se ocuparon por tener descendencia. Yo particularmente recuerdo mis
proyectos y los grandes deseos que tuve por constituir una familia. La mayoría
de los muchachos íbamos a los bailes buscando conquistar a la chica de nuestros
sueños, a la mujer que nos haría felices y con quien formaríamos nuestro hogar.
Entonces con un poco de suerte, las sacaríamos a bailar, y si nos gustaba,
seguro que le propondríamos noviazgo y de ahí en más, salvo que no llegáramos a
concretar nuestro compromiso, la llevaríamos al altar.
El
tiempo fue avanzando y por fin llegó la cédula de llamada para revisación
médica en el Regimiento 11 de Infantería Gral. Las Heras de Rosario (este
regimiento está ahora instalado en la Provincia de Mendoza). Todos los de mi
clase (1942) nos comenzamos a preparar para la partida. Algunos se fueron el
día antes, otros lo hicimos el mismo día en ómnibus o el tren. Estando en
Rosario nos tomamos un colectivo de línea que nos dejó frente al cuartel. Nos
hicieron pasar, nos tomaron los datos y luego nos citaron frente al Comando
para sacarnos radiografías. Mientras esperábamos nos hicieron sentar en el
cordón de la vereda. Recuerdo que hacía mucho calor, y no nos quedábamos
quietos ni un minuto. Cada chica que pasaba recibía una andanada de piropos.
Luego volvimos al 11 de Infantería para continuar con las revisaciones. En un
determinado momento "¡a bajarse los pantalones!" fue la orden que
recibimos. Allí apareció un médico calzándose guantes de goma.
"¡Agacharse!" fue la orden que siguió, y así lo hicimos todos en
hilera con el culo al aire para que el médico nos metiera el dedo para el tacto
prostático. ¡Nosotros que lo habíamos cuidado tanto y perder el invicto de esa
manera, no era justo! Luego siguieron las demás revisaciones, pie plano, pie de
atleta, dentadura, oídos, vista, etc. Finalmente nos devolvieron la libreta y
de vuelta a casa con la mejor noticia.
"Apto
para todo Servicio". Gracias a Dios y a todos los Santos, regresamos
mostrando nuestra libreta con el sello de aptitud.
El
tiempo siguió su curso y llegó el día del sorteo. A mí me tocó el N.º 584.
Enseguida aparecieron los quinieleros para jugarlo y alguna tía que salió a
comprar un billete de lotería esperando tener suerte. Por otra parte, había
familiares que se ofrecían para hacer gestiones que me salvarían del servicio
militar. Decían tener contactos y que les constaba que era posible zafar de la
obligación. Como yo no aceptaba la oferta, me decían que me iba a arrepentir de
no haberlo hecho.
CÉDULA DE LLAMADA
El
tiempo transcurría hasta que un día mi viejo me trajo un sobre marrón con
grandes sellos. Cuando lo abro me encuentro con el aviso de presentarme para mi
incorporación: "Día 10 de febrero de 1963 a las 07:30 horas en la Estación
de Trenes Rosario Norte".
Ese
día amaneció soleado y muy caluroso. Lentamente, nos íbamos acercando a la
estación. Algunos venían solos, otros en grupos y también había quienes venían
acompañados por familiares; para ellos la despedida fue más triste porque
dejaban a sus seres queridos y alguna novia que moqueaba en el andén, rodeada
de algunos gavilanes y caranchos dispuestos a devorarla mientras en noviecito
partía a la colimba. De los presentes, algunos nos conocimos del día de la
revisación médica, otros eran de mi zona, algunos conocidos del club, los
bailes y también de nuestro trabajo cotidiano. Enseguida un oficial nos llamó a
silencio y nos ordenó agruparnos según nos iba nombrando. Luego nos hicieron
sentar al costado de las vías para esperar el tren y después subir en fila
ordenadamente.
Eran
alrededor de las diez de la mañana cuando apareció el tren, al que se
denominaba "lechero" porque paraba en cada una de las estaciones por
donde pasaba. Había tres vagones de pasajeros para los reclutas y los asientos
de madera podían ubicarse en dos posiciones. Subimos más asustados que vacas al
matadero. El contingente estaba a cargo de dos oficiales y algunos soldados.
Frente a los baños habían puesto de guardia a un soldado para evitar que se
hiciera uso del servicio cuando el tren estaba parado. En aquellos tiempos no
existían los baños químicos, y lo evacuado caía sobre las vías, razón por la
que solamente era permitido usarlos cuando el tren estuviese en movimiento. El
convoy arrancó alrededor de las 12:00 horas y para este entonces nuestro buche
estaba chiflando, entonces nos dieron un paquete de masitas secas y paté para
untar. Eso alivió nuestro malestar estomacal.
Mientras
el tren avanzaba pude ver escenas que me resultaban muy familiares, ya que
nací, me crie y trabajé en el campo con mis padres. En una estación vimos a una
romería de vascos lecheros vestidos con sus bombachas anchas, boina y una faja
negra ceñida a la cintura. Según versiones, la faja servía para proteger la
columna del frío y el gran esfuerzo que debían hacer para cargar tachos de 50
litros de leche en la jardinera o vagonetas de 4 ruedas cubiertas por un toldo
de lona. Arriba de la lona, ponían bolsas mojadas para evitar que el sol
calentara la leche y se pusiera ácida, lo que equivalía a perder su valor real.
El tambero trabajaba con su familia a la intemperie y no había lluvia, viento,
frío o calor que les permitiera dejar de ordeñar las vacas. En ese entonces no
había ordeñadoras mecánicas, se hacía todo a mano. Tampoco había piso de
cemento; en algunos casos los animales eran mansos y no era necesario
maniatarlos, pero a otros había que atarlos a un palenque. El ordeñador llevaba
ceñido a la cintura un banquito de tres patas para sentarse, lo que aliviaba el
cansancio de estar agachado durante el ordeñe.
ESCUELA GENERAL LEMOS
Mientras
el traqueteo de tren continuaba, algunos nos dormimos, otros estaban a las
cabeceadas y había quien se encargaba de fastidiar al resto tratando de
animarlos y mantenernos despiertos. Cada tanto pasaba un vendedor de
sándwiches, alfajores y gaseosas. En tanto la tarde declinaba y nosotros no
sabíamos adónde íbamos a parar, si bien antes de partir de la estación nos
comunicaron que iríamos al "Instituto de Instrucción Logística General
Lemos" ubicado en Campo de Mayo. De pronto uno de los oficiales nos dijo
que bajaríamos en la estación Miguelette (ya en la Provincia de Buenos Aires) y
nos gastó con que allí nos esperaría una banda música y chicas para darnos la
bienvenida. Eran las 22 horas cuando el tren hizo un alto en el medio del
campo, entonces nos ordenaron bajar para luego subir a camiones del ejército
con toldos. Los colimbas viejos se divertían con los nuevos angelitos que
acababan de llegar y gozaban de nuestra situación ya que ellos -muy cancheros-
sabían que sus días de cuartel estaban contados. Cuando íbamos en el camión, el
negro Roberto Zárate (un vago de San Lorenzo) pispeó por un agujero de la lona
y nos dijo que ya estábamos en Campo de Mayo, Puerta 4, Barrio Sargento Cabral
y nos relataba: "... ¡vieran qué lindo lugar para pasar un fin de semana!"
se divertía el muy guacho. Enseguida tomamos otra ruta (era la 202 que cruzaba
la ruta 8) y al toque estábamos en la Escuela General Lemos, nuestro destino
final. Allí estaríamos todo el año. Al pasar por la guardia un oficial nos dio
la bienvenida: "Muchachos, acá se van a preparar para ser hombres. Acá
tienen que dejar colgados sus huevos y a partir de este momento seremos nosotros
los que dispondremos de ustedes, en la vida, en la salud, en el aprendizaje.
Acá sabrán lo que es respetar y hacerse respetar porque deberán valerse por
ustedes mismos. Acá no hay tu tía que valga y todo lo que hagan será
responsabilidad de ustedes, no hay otro que se haga cargo y si hacen las cosas
bien, será para bien de ustedes y nadie más". En ese momento recordé la
fábula del congreso de perros y porqué se huelen el culo.
Esa
noche fuimos destinados a la compañía de Abastecimiento y Transporte, donde nos
dieron sopa caliente y a dormir. Ahí nos proveyeron una bolsa con los elementos
necesarios para la merienda: Plato y jarro de aluminio, servilleta, cuchara y
tenedor. Estaban el instructor de Ca. Tte. Walter Rom y el encargado de Ca. Sgto.
Ay. Ricardo Enrique Márquez. El Tte. Rom tenía una voz aflautada, era flaco de
anteojos con bastante aumento y tenía un carácter podrido, propio de un recién
recibido. Lo apodamos "el mosquito loco". El Sgto. Ay. Márquez, era
de gran volumen físico y una voz chillona, aunque era de carácter bonachón. Lo
que quiero decir que no era un tipo jodido.
Al
día siguiente muy temprano nos dieron el mate cocido y un trozo de pan. El
jarro de aluminio se calentaba de tal manera que lo teníamos que asir con la
servilleta. Luego nos llevaron a los pabellones de Intendencia, donde los
médicos continuaron revisándonos y haciéndonos preguntas relacionadas a nuestra
salud. En otro sector nos pedían los datos personales, estudios cursados,
trabajos realizados, especialidad, actividad actual y todo lo concerniente a un
legajo personal. A continuación, pasamos a la peluquería. Había un soldado
viejo que nos laburaba la moral y nos decía que le pasáramos unos pesitos al
peluquero por debajo de la bata, así no nos rapaba. Todo tenía que ver con todo,
porque el corte de pelo, si bien no era totalmente rapado, lo dejaban bien
corto y todos los colimbas teníamos el mismo corte. Un curro entre el colimba
viejo y el peluquero. Al día siguiente nos llevaron a los depósitos de ropa de
Intendencia donde nos pusieron a clasificar la ropa. Era una actividad por
demás tediosa. Otro día aparecieron los médicos con enfermeros y nos aplicaron
inyecciones. Ese día también nos dieron pastillas para desparasitarnos. Ni que
hablar de los efectos de esas pastillas. Había algunos de los reclutas que se
desmayaban al ver las jeringas y otros tuvieron mucha fiebre.
Los
encargados de los depósitos de Intendencia eran el Suboficial Principal Juan
José Gionto y el Sargento Primero CoT Adolfo Galilea. Petiso, pelado y mal llevado
como él solo. Usaba un birrete con copete bien alto y borceguíes con tacos
altos para disimular su baja estatura. Otro de los suboficiales encargados de
la ropa era el Cabo 1º Sastre Manuel Mercado.
Provisoriamente
los primeros quince días estuvimos alojados en la Ca. Abastecimiento y
Transporte (en ese tiempo el encargado de la Ca. era el Suboficial Principal
José María Ibaldis, quien luego ocuparía el cargo de auxiliar en el Tren
Divisional Escuela, cuyo jefe era el Tcnl. Alfredo Gramajo Gutiérrez. Luego
fuimos distribuidos en tres Compañías: Abastecimiento y Transporte, Destinos y
Mantenimiento; a mí me destinaron a la Ca. Mantenimiento, cuyo jefe era el
Capitán Sergio Juan Sánchez, el Oficial Instructor el Tte. Jorge Arturo De
Vicien y el Encargado de Ca. el Suboficial Pr. Luis María Paniagua.
COMPAÑÍA MANTENIMIENTO
El Detall
Los
que no tenían descanso eran los furrieles. Paniagua eligió bien a sus
colaboradores. Jorge Raúl Cordero, José Wallace, Jorge Casey y Juan Carlos Vitali.
El primero en llegar al Detall fue Cordero, después se incorporó Wallace, y un
tiempo más tarde llegó Casey. Finalmente, una noche que yo estaba de
imaginaria, a eso de las 10, llegó Vitali. Lo recibió Paniagua, que en ese
momento estaba de oficial de semana. Paniagua le recibió la documentación que
traía consigo Vitali y le dijo que se fuera a dormir con el resto de los
soldados que al día siguiente resolverían sobre su destino. Por la mañana fue
incorporado al Detall.
Contiguo
al Detall estaba la oficina del jefe de la Compañía, Capitán Sergio Juan
Sánchez y el soldado Marcelino Díaz era su asistente y a la vez trabajaba en el
depósito de ropa a cargo del Sgto. Ay. Elpidio Inolfo Godoy. Marcelino fue otro
de los soldados que ingresaron con posterioridad al resto de la compañía y era
compañero de Jorge Zeballos.
Una
mañana, después de tomar el mate nos hicieron formar y se comenzó a pasar
lista. A medida que nos iban nombrando teníamos que corrernos a un costado y
formar otro grupo en hilera, creo que de veinte por tres en fondo. El que
pasaba lista era el Sgto. Ay. Osvaldo Parrondo, y a su izquierda había un tipo
grandote con cara de malo. Lo que los militares llaman "cara de
guerra", esto es, morderse l0s dientes para que sobresalgan las quijadas.
El cabrón nos miraba como sobrándonos, con la vista perdida y la pera
sobresaliente. Ese Suboficial no era ni más ni menos que el inefable Principal
Luis María Paniagua, el encargado de la Compañía. Muchos de los que pasaron por
la Gral. Lemos lo recuerdan y no pueden más que esbozar una sonrisa o algún
comentario risueño cuando se lo nombra. Paniagua pasó a ser un personaje
central de nuestra aventura colimbera. Era un fantoche temible, pero divertido.
Cuando
nos trasladamos a nuestro "nuevo hogar", Paniagua nos indicó que debíamos
ocupar las cuchetas de 3 camas. A mí me tocó la del medio. Los elásticos eran
de flejes. Atrás, contra la pared, estaba el ropero que correspondía a cada
cucheta, la nuestra (la de las tres camas cucheta) era la N.º 54 y allí
"guardaríamos" nuestras pilchas y efectos personales. Como dije, a mí
me tocó la cama del medio, pero el que estaba en la de arriba, cada vez que
tenía que bajarse se tenía que apoyar en las dos de abajo. Era todo novedoso,
pero complicado. Cuando tenía que bajar apurado, nos pasaba por arriba y te
podía pisar la cabeza o arrancarte una oreja. Si se desataba algún desorden,
sea por bromas, carcajadas, manteadas o por la apertura del orificio de salida
con flatos sonoros, toda la indiada se alborotaba y ahí era cuando entraba suboficial
de semana, hacía encender las luces al imaginaria y a los pitazos limpios nos
ordenaba a los gritos el clásico: "¡Al pie de la cama!" y todo el
mundo a levantarse rápido y ponerse firmes al pie de la cama. Enseguida a hacer
flexiones, subir, bajar, correr. Claro que a veces dependía del vino ingerido
esa noche en el casino y cuando se cansaba de romper las bolas nos dejaba ir a
dormir.
La
Cía. Mantenimiento era la encargada de hacer los trabajos esenciales de toda la
Escuela, vale decir: sastrería, sanidad, zapatería, armería, carpintería,
talabartería, mecánica automotor, cocina, veterinaria, electricidad, cloacas,
agua, sanitarios, albañilería, pintura y desagües, y todo lo relacionado al
mantenimiento del parque (poda, trasplante y extracción de árboles, corte de
césped y cuidado de flores). Siempre había un soldado de guardia para cada uno
de estos servicios, de manera que todo estaba conforme a lo diagramado.
Todas
las mañanas se hacía la distribución de los soldados para que fueran a las
distintas dependencias, y como siempre, se pasaba lista una y otra vez para
verificar si estaban presentes todos los soldados y darle el parte al jefe,
comunicándoles la cantidad de soldados presentes, tantos ausentes (y los
motivos de esa ausencia); luego se los iba nombrando por sector. De esa manera,
después de una semana de práctica con este sistema, comenzó a formarse todas
las mañanas frente a la compañía. No recuerdo bien el orden, pero comenzaba con
los furrieles a la derecha y luego continuaban los de tracción mecánica,
mantenimiento instalaciones, y así sucesivamente. Cada suboficial encargado del
sector formaba junto a los soldados a su cargo para luego llevarlos a su
destino (Cocineros, talabarteros, zapateros, sastres, etc.) Por la tarde
teníamos instrucción teórico prácticas sobre las insignias correspondientes a
los grados de oficiales y suboficiales. Sobre una pizarra se podían ver los
soles de los Oficiales Superiores, las estrellas de los Oficiales Subalternos y
más abajo las tiras de los suboficiales cuyas figuras se encuentran en los
Anexos I y II. Antes de fin de año se ascendían a dragoneantes a aquellos
soldados que se destacaron en su labor durante el año de servicio. Se nombraban
tres por compañía y se los galardonaba con una tira roja en "V". De
nuestra compañía fueron designados: Jorge Raúl Cordero (Furriel) Félix Crisol
(Tracción Mecánica) y Oscar Pelegrino (Mantenimiento y Servicios).
También
estaban los voluntarios, hoy equivalentes a soldados voluntarios. En aquél
entonces el servicio militar era obligatorio, pero también había voluntarios,
cuyas insignias figuran en el Anexo II y que actualmente corresponden a los
soldados que voluntariamente prestan servicio para capacitarse
profesionalmente.
En
nuestra compañía había destacado un voluntario, cuyo nombre no recuerdo, que
era nativo de la ciudad de Santa Fe; un personaje controvertido y no muy
centrado, activista del tristemente célebre movimiento "Tacuara" muy
en boga en esos tiempos y uno de los focos iniciales de la guerrilla que azotó
a nuestra patria en la década del 70.
Por
la mañana también nos llevaban al campo donde nos enseñaban cómo marcar el
paso, saludar, desplazarse de izquierda a derecha, hacer puntería en un blanco
con los fusiles apoyados en un trípode y cien boludeces más. Esto de saludo
uno, saludo dos, vista al frente, alinearse por la izquierda etc. etc. era tan
tedioso, que cada tanto para que no nos achancháramos, nos hacían correr,
saltar, cuerpo a tierra, ¿flexiones? Luego seguimos con el uso del armamento,
cómo cargar y descargar los viejos fusil Mauser 1909 de 6 tiros. Había que
tener mucho cuidado cuando se apoyaba al hombro para tirar, porque si se lo
tenía flojo, el culatazo era muy potente y podía hacerte caer de culo. Había
que sostenerlo con mucha firmeza, como decían los instructores, "apretarla
como si fuera la novia". A las otras compañías les proveyeron armamento
nuevo. Usaban fusiles tipo ametralladora de 25 tiros con dos cargadores y se
podía tirar de a un tiro o en ráfagas, eran los FAL (Fusil Automático Liviano).
Para que tengamos una idea: Entre los Mauser que usábamos nosotros y los FAL
había 35 años de diferencia. De manera que, si teníamos que ir a la guerra,
seguro que éramos picadillo para los caranchos antes de arrancar.
Una
mañana partimos hacia el polígono comandados por el Capitán Pellejero que
practicaba equitación, y según nos decía, tenía un caballo muy bueno para
salto. El turco Fayad de San José de la Esquina (Prov.Sta. Fe) era su
asistente. Cuando pasamos frente a la Escuela de Caballería, vimos un cartel
que decía, algo así como: "Aquí descansan los caballos que dieron gloria
al hipismo argentino - Ganadores de Palermo y San Isidro". Según
Pellejero, cuando muere uno de estos caballos destacados en el hipismo, se lo
entierra en ese lugar con todos los arneses y monturas, y se hace una gran
fiesta con asado y guitarreada, de la que participan sus dueños, los jinetes
que lo montaron y los soldados vareadores. Una manera muy particular de
homenajear al equino muerto.
Cuando
llegamos al polígono, nos indicaron cómo debíamos marcar los tiros con unas
banderas blancas. Nos dieron orejeras y algodón para los oídos. El soldado
Arturo Debiasi fue uno de los mejores tiradores. Los fusiles eran muy viejos y
acertarle al centro era un milagro, pero Debiasi dio varias veces en el blanco.
Al
regreso tomamos otro sendero para acortar distancia y pasamos por un lugar
llamado "Plaza de Tiro" donde se hacían ejercicios de práctica con
tanques y otros vehículos motorizados. Era interesante ver cómo se desarrollaban
los ejercicios. Desde una torre se impartían las instrucciones y parecía como
si estuviésemos presenciando un acto de guerra en vivo.
Finalmente,
exhaustos, llegamos a la compañía y fuimos directo a las duchas, luego al
rancho y finalmente a la cucha. Esa noche no hubo mosquitos ni pulgas, tampoco
joda ni pedos sonoros. Todo el mundo nos fuimos a dormir como si fuéramos unos
angelitos.
COMPAÑÍAS CON MAYOR INSTRUCCIÓN DE COMBATE
Las
compañías "voladoras" recibían instrucción militar intensiva, y eran
los primeros en salir al frente cuando se desataba algún quilombo
político-institucional (golpes de estado). También colaboraban en socorrer a
los inundados de la zona de San Miguel que se producían con regularidad y hasta
fueron enviados a suplantar al personal del Hospital Vieytes que se había
declarado en huelga. Allí estuvieron durante varios meses.
La
mayoría de estos soldados adquirieron instrucción plena durante los primeros
meses y fueron licenciados en la primera baja. Ellos cumplían con un período de
nueve meses de maniobras en medio del campo, cargaban con una mochila pesada en
la que llevaban -además de sus efectos personales- una parte del rompecabezas
que era armar las carpas de campaña. Cuando regresaban al cuartel, siempre
tenían que estar listos para el combate. Dormían vestidos, con sus armas
cargadas al pie de la cama. Si surgía algún problema, eran los primeros en
salir. Los chóferes iban siempre con la pistola cargada y la relación entre
soldados y superiores, era muy buena, contrariamente a lo que sucede
normalmente.
El uniforme de salida
Una
mañana apareció el encargado del depósito de Intendencia Sgto. Ay. Elpidio
Inolfo Godoy (alias El tordillo) con sus ayudantes, los soldados Jorge Zeballos
y Víctor Ramos. Los tres formaban un equipo muy sólido, les gustaba recibir ropa,
pero no canjear. Cuando alguien iba pedirle el canje de alguna pilcha porque
estaba rota o gastada, el tipo lo sacaba zumbando. Godoy siempre tenía excusas
para no aceptar canjes, pero cuando iba al taller era de lo más amable y
cordial. Pedía que le lavaran el auto, o le cambiaran aceite o le limpiaran las
bujías, pero para él, siempre estábamos ocupados y tenía que recurrir a nuestro
jefe, el Principal Horacio Barrandeguy o en su defecto al que le seguía, el Principal
José Antonio Torni. Lógicamente, siempre le hacían un lugar al tordillo, pero
nunca un soldado satisfizo su pedido directamente, lo que sí hacían con otros
suboficiales. Nuestros jefes sabían de nuestra actitud, pero jamás nos dijeron
nada. Ellos conocían el paño mejor que nosotros.
Un
día Godoy se apareció con un montón de ropa marrón terroso para que nos
probáramos los trajes de salida. En el montón, había que encontrar la medida
para cada físico. Era divertido, porque el gigante Nicolás Espinosa -uno de los
chóferes del colectivo- no encontraba nada a su medida. Trajeron lo más grande
que había en el depósito general de Intendencia y no le andaba. Lo mismo
ocurrió con Modesto Casadei y el "negrito" Fernández, pero a la
inversa. Eran tan chiquitos que todo lo que se probaban les sobraba por los
cuatro costados. La mayoría de estos casos terminaron en la sastrería, pero
otros se llevaron las pilchas a sus casas para que la madre, alguna tía o
vecina modista se las arreglaran. El que estaba a cargo de la sastrería era el
Cabo Manuel Mercado, un tipo joven, pero de cuarta. Siempre nos decía, entre
dientes a los del interior que éramos unos "Cabecitas negras" (como
si él fuera muy blanco y porteño). Cargado de resentimientos y de un intelecto
muy bajo, daba la impresión de que le faltaba la dentadura inferior, lo que
hacía que su boca formara un arco hacia abajo dando el aspecto de un tipo que
andaba oliendo mierda. Cuando se produjo la primera baja lo cambiaron de
destino y en su lugar vino otro suboficial de nuestra edad, que para nosotros
era un soldado más. Pero claro, éramos soldados viejos y él siempre andaba seco
y vivía del mangueo.
Aromas traicioneros
Los
edificios de todas las compañías son similares. A la entrada hay un pasillo
(hall) muy amplio; a la derecha está el Detall y a la izquierda el depósito de
armas y municiones (armería). Más adelante hay otro pasillo, o sala de estar, y
a la derecha se entra a los baños (duchas y cuatro retretes); a continuación,
hay cuatro habitaciones chicas, dos a la derecha y dos a la izquierda, las que
teóricamente ocupan el oficial y suboficial de semana respectivamente. Luego le
sigue la "cuadra" o dormitorio, donde están todas las cuchetas camas
de los soldados. Por la noche, de 22:00 a 06:00 de la mañana, se instala en la
puerta de entrada del dormitorio un puesto de guardia a cargo de un soldado de
la compañía. Esta guardia, cuyos turnos son de dos horas, se la denomina
"imaginaria" y su obligación es vigilar el sueño de toda la compañía.
Los
baños internos solamente podían usarse durante la noche, y en tanto que de día
había que usar los sanitarios externos instalados en las cercanías de las
compañías, independientes de éstas. En una ocasión, estando nuestra compañía de
retén, al soldado Boggini le vinieron ganas urgentes de evacuar. Calculando que
no llegaba a los baños externos, no dudó un segundo y se mandó a uno de los
baños internos. La atmósfera traicionera, hizo que el olor se extendiera y
llegara a las mismas narices del Principal Paniagua, que siempre andaba
husmeando por toda la compañía, además de romperle las pelotas a los furrieles.
Paniagua empezó a seguir el curso del aroma hediendo y a medida que se acercaba
al baño se ponía más intenso e insoportable. Apenas llegó a los retretes se
encontró con el de la puerta trabada. Había encontrado al trasgresor, y comenzó
a patear la puerta gritando: "¡Quién está ahí! ¡Salga de ahí! ¡Le ordeno
que salga inmediatamente!"
El
mismo Boggini contó más tarde, que se había mantenido en silencio esperando que
Paniagua se fuera y poder zafar del baile. Y efectivamente, dice que oyó que
sus pasos se alejaban, pero enseguida escuchó ruido de tachos e inmediatamente
una canilla que se abría y llenaba el balde con agua. Seguidamente volvió a oír
los pasos que se acercaban sigilosamente y cuando menos se lo esperó recibió el
sampaso de agua que inundó todo el retrete. Despavorido abrió la puerta y salió
corriendo. Fue cuando Paniagua soltó el balde y comenzó a perseguirlo gritando:
"¡Cuerpo a tierra! ¡Salto rana! ¡Firme! ¡Flexiones! ¡Cuerpo a
tierra!" El baile fue tragicómico, porque el pobre Boggini, además de
cargar las cartucheras y el fusil, estaba todo empapado, y gordito como era, no
podía aguantar mucho semejante milonga. Pero Paniagua no era un tipo tan jodido,
y seguramente la situación le causó gracia porque no pasó a mayores,
simplemente lo recontra cagó a pedos y lo condenó a limpiar los baños toda la
semana, además de la cuadra y no sé cuántas cosas más" A los dos días ya
había otro castigado acompañando a Boggini en las tareas. El zapatero
seguramente recordará la anécdota con más precisión, ya que fue su principal
actor. Sin dudas él podrá agregar algún otro condimento a esta comedia
grotesca, una de las tantas que se viven en la colimba.
MARCANDO TERRITORIO
El
cuartel era "la viña del Señor", había de todo y para todos.
Provenientes de las Provincias de Córdoba, Santa Fe, Buenos Aires y de Capital
Federal, las diversas regiones de las que proveníamos estaban a la vista y
marcaban las características particulares de cada una. Había un cóctel de capas
sociales que iban desde lo más destacado intelectualmente hasta descender a un
nivel de escasez cultural paupérrimo. En ese ambiente tuvimos que convivir, y
se logró durante trece meses y trece días, seguramente debido al orden
disciplinario, donde los huevos habían quedado en la puerta de entrada. De otra
manera hubiese sido casi imposible. Desconozco los parámetros o estudios que
utilizaban las fuerzas armadas para incorporar a los reclutas. Lo que sí sé es que
los de Santa Fe proveníamos de toda la parte sur de la provincia, vale decir
desde las localidades aledañas a la ciudad de Rosario como San Lorenzo,
Ricardone, Las Rosas, Chabás, Casilda, Arequito, bajando hacia Firmat,
Melincué, Godekën, San José de la Esquina, continuando hacia Elortondo, Murphy
y las ciudades de Venado Tuerto y Rufino y todas las pequeñas localidades que
circundan a éstas, como María Teresa, Christophensen, Diego de Alvear, Sancti
Spíritu, Amenabar, Maggiolo. En tanto los cordobeses provenían de Río Cuarto,
La Carlota, Laboulaye y algunos pueblos como La Cesira, Alcira, Gigena,
Higueras, Achiras además de algunas otras localidades más sureñas como Canals,
Arias, Alejo Ledesma. Curiosamente ninguno provenía de las ciudades de Rosario
y Córdoba, los centros urbanos más grandes de estas provincias. También había
soldados del norte de La Pampa, más precisamente de Huinca Renancó. Luego
estaban los de Capital Federal y los alrededores de la Provincia de Buenos
Aires. Tanto los porteños como sus vecinos de la provincia creían que los
santafesinos proveníamos de esos distritos, y nos consideraban uno de ellos en
la disputa que tenían con los cordobeses. Éramos la salchicha del pancho.
EL RANCHO
Era
costumbre del Capitán Sánchez pasarse horas en el taller observando silencioso
los trabajos que cada cual hacía, y aunque no entendía un porno de mecánica, se
mostraba interesado en aprender. Era un tipo muy especial. Disciplinado al
máximo, con alma de milico y objetivos claros. Buscaba permanente el bienestar
del soldado. Lo mismo hacía con las otras dependencias. Por ejemplo, iba muy
seguido al rancho; dejó trascender muchas veces que se sentía muy mal porque
los soldados del Cabo Donde trabajaban prácticamente a la intemperie. La cocina
era un tinglado rodeado de lonas mugrientas de aspecto deplorable y ausente de
higiene. Encima se cocinaba con leña, lo que hacía que el ambiente estuviera
permanentemente impregnado de humo. No había gas ni querosén. Esto se debía a
que la cocina originaria estaba totalmente destruida y aunque había un proyecto
para su reconstrucción, no había presupuesto. Ignoro si con el tiempo se
concretó la obra, porque hasta que nosotros nos fuimos de baja en marzo de
1964, todavía se cocinaba en el mismo lugar y con la misma precariedad. Cómo
sería el sector donde trabajaban estos soldados, que cuando venían a dormir (a
veces bastante encopados) se oía el rezongo de los que dormían: "Cagamos,
llegaron los rancheros" A decir verdad, los rancheros eran muy quilomberos.
Llegaban muchas veces pasados de copas y había que aguantarlos. Pero, aunque lo
hicieran en silencio, el olor a humo fuerte y penetrante que traían los
delataba porque impregnaban todo el ambiente. Estos muchachos merecen un
capítulo aparte, porque, además de ser del sector más sacrificado de toda la
compañía, las cosas que sucedían en ese ambiente no creo que pasen en otra
parte. Los rancheros "eran únicos". El capitán Sánchez se encargaba
de marcar esta situación cada vez que tenía la oportunidad para llamarnos la
atención sobre nuestro comportamiento indisciplinado. Los ponía siempre como
ejemplo por su trabajo sacrificado e insalubre. Esto ponía en evidencia su
bronca de no poder concretar su proyecto para mejorar las condiciones del
rancho. Tal vez el Capitán haya intentado hacerlo, pero era un oficial
subalterno y su influencia era limitada. A la superioridad poco le importaba la
situación del soldado y no había presupuesto para gastar en una cocina modelo,
pudiéndolo seguir haciendo con un medio precario como el existente.
ESTACIÓN LAVADO Y ENGRASE
El
soldado Miguel Ángel Roveda (Alcira, Gigena, PCba) tenía a su cargo del
mantenimiento del Fiat 1100 del Capitán Sánchez. Estaba continuamente pasándole
la aspiradora y la franela, a tal punto que uno podía peinarse perfectamente
como si fuera un espejo. El negro hacía facha con su laburito, y se esmeraba
por hacerlo bien porque se corría una fija que salía en la primera baja. Pero
lamentablemente no pudo ser. El que la ligó fue el soldado Agustín Klerk, un
ruso muy laburador, que ponía el mayor empeño en su trabajo. Era de la
Provincia de Misiones, pero transitoriamente vivía en Los Polvorines. El gringo
tenía dos hermanas que daban la hora antes de tiempo y los muchachos se
atropellaban para que el ruso los invitara un fin de semana a su casa para
conocer a las pibas. Los que tuvieron la suerte de ir dijeron que las chicas
eran unas rubias muy lindas, de cabellos largos hasta la cintura y ojos
celestes transparentes. Pero Agustín era un tipo de pocas pulgas y un celoso
guardián de sus hermanas. Según parece, el último colimba que invitó a la casa
se pasó de la raya; lo sorprendió justo cuando atropellaba a la hermana mayor.
Según comentarios, el gringo indignado se le tiró encima y tuvieron que sacarlo
entre cuatro porque lo estaba cogoteando al hijo'eputa que se atracó la
hermana. Desde ese día nadie se interesó por ir a Los Polvorines. Versiones,
simplemente versiones.
También
andaba por ahí el gringo Héctor Merlini, un muchacho muy temeroso y de pocas
luces. Estaba permanentemente trabajado y no quería saber nada con meterse en
cosas raras (salidas clandestinas, hacerse la rata, refugiarse en algún
depósito para fumar y tomar mate, u otras picardías de colimba). Según se
desprende de sus comentarios después de la baja, el haber hecho el servicio
militar le sirvió de apoyo para la vida civil, porque le hizo ver y vivir cosas
que de otra manera no las hubiera hecho. El soldado Juan del Filiol (de Huinca
Renancó, La Pampa) también era un tipo muy activo y nos cubría las espaldas
cuando junto al "negro" Rovera nos mandábamos a mudar diciendo que
estábamos "en comisión". Hacíamos cualquier cosa con tal de no hacer
nada y pasarla bien. Yo estaba encargado de los vales de combustible (nafta,
gasoil, aceite) y teníamos una oficina en la parte trasera de lavado y engrase.
Era un lugar especial para tomar mate y hablar al pedo. El Sgto. Ay. Antonio
Allegretti era el encargado de esa sección junto al Sgto. Nicolás Corzo y el
civil N. Rodríguez. ¡Tomaban mate todo el santo día! No había manera que
dijeran "¡Basta!" A veces le calentábamos la bombilla con el vapor de
la pava, pero igual no se daban por vencidos. Dejaban enfriar y luego
continuaban tomando. Los primeros mates eran estimulantes, pero ya más adelante
pasaban a ser laxantes y finalmente para el retrete.
Tracción Mecánica
Siguiendo
con el sector Tracción Mecánica al que yo pertenecía, estaban también Antonio
Pace de Máximo Paz, PStaFe, el gordo Carlos Leale y Carlos Di Pascuale de
Venado Tuerto, PStaFe; Oscar Soteras de Vicuña Mackena, PCba, encargado del
depósito de herramientas. De la sección "chapa y pintura", cuyo jefe
era el Sgto. Ay. Obdulio Ávila, estaban Juan Carlos Martini de Laboulaye, PCba,
Gerardo Richard de Capitán Bermúdez, PStaFe, un peligro total. Richard era muy
buen chapista, pero había que seguirlo de cerca porque si lo dejaban solo era
el caos. Un petiso muy tarambana. No tenía dos dedos de frente y siempre andaba
jodiendo a los demás. En las formaciones, al que estaba delante lo jorobaba
tocándole el culo, a veces con un palo o lo que tuviera a mano. Cuando al
suboficial de semana le agarraba la locura y comenzaba a bailarnos a los gritos
y pitazos, este Richard era tan chiquito que se escondía atrás de las camas
donde nadie lo veía y se cagaba de risa de todos nosotros. No se podía contar
con él para hacer algún reemplazo de guardia, porque por más que se pagaba por
ello (en efectivo, cigarrillos o lo que fuere) el tipo nunca aparecía, entonces
gran quilombo gran.
También
estaban en Tracción Mecánica los soldados Ángel D'Onofrio de Caseros, PBsAs,
Norberto Escudero de Río IVº PCba, Rubén Spessot de Firmat, PStaFe, actualmente
radicado en Ramallo. Spessot vivía rezongando y quejándose de lo que le pasaba.
Cuando convocaron a que se anotasen quienes querían ir a la Antártida, Rubén se
alistó porque quería irse al carajo, no soportaba la colimba. Finalmente, no se
fue a la Antártida, desconozco los motivos. Lo que sí sé es que era muy buen
electricista y ya en aquél entonces incursionaba en el aprendizaje de aire
acondicionado. Este grupo estaba a cargo del Sgto. Alfredo de Negris, que era
un soldado más, no tenía alma de milico. Los chapistas y pintores eran unos
vagos totales. Siempre tenían algún auto que emparchar o pintar y generalmente trabajaban
hasta muy tarde en la noche de acuerdo con la necesidad que se tenía del
vehículo. Un día apareció el Tte.1º Jorge Arturo De Vicien con su NSU Prinz, un
autito alemán chiquitito, de mecánica muy complicada. Había tenido un pequeño
roce y quedó medio estropeado de chapa y pintura. Ese auto sirvió para que
durante toda una semana los tipos volvieran solamente a dormir a la compañía,
porque comían unos suculentos asados (con bebidas espirituosas incluidas) que
por orden (o sin ella) del Tte. 1º les entregaba el soldado carnicero Antonio
Carlos Troilo (el gordo), que en la vida civil tenía carnicería. Troilo era de
Hinca Renancó, pero estaba radicado en Tigre. Era sobrino de Aníbal Troilo y en
varios aspectos, muy parecido al gordo tanguero. Tranquilo y de hablar pausado,
con una voz ahogada, el gordo trabajaba fuerte por la mañana cortando las reses
con otros soldados que lo secundaban, pero el resto del día era un duque. Además,
los tenía a oficiales y suboficiales agarrados de los huevos. Todos se llevaban
suculentos recortes de carne de primera calidad. A la mañana temprano llegaban
con los portafolios flacos que los asistentes dejaban en la carnicería (Los
suboficiales de grados inferiores iban personalmente a la carnicería, no tenían
ningún problema) Cuando por la tarde se retiraban, las carteras parecían
preñadas de lo infladas que estaban. Se llevaban kilos de carne para toda la
semana. Raúl Alberto Gastaldo, otro de los sondados carniceros, también de
Huinca Renancó. Gastaldo falleció por incompatibilidad para recibir un
trasplante de médula. Gracias a él muchos soldados de Tracción Mecánica
conseguían carne para hacerse unos suculentos asados, mientras el resto tenía
que conformarse con sopa, locro y polenta. Otra manera de conseguir carne era cuando
surgía algún problema o emergencia y el oficial a cargo salía de recorrida
fuera del cuartel. En las cercanías de Don Torcuato iban al matadero y se
proveían de gran cantidad de carne para la guardia. En el taller había una
ambulancia fuera desuso que servía de cocina y matera. A veces hacíamos un
rejunte entre nosotros (una especie de cooperativa) uno iba al rancho, el otro
a la carnicería, otro más a la panadería, alguno al casino para alguna botella
y hacíamos unos guisos suculentos. Esto era normal cuando estábamos reparando
algún auto, entonces el dueño aportaba algún tinto. El único inconveniente era
que no se podía disimular el olor a comida. Un día estábamos preparando un
manjar que despedía un olor riquísimo. Era hígado con cebolla, ajo y otras
verduras. Dos oficiales que estaban de recorrida entraron para averiguar qué
estábamos cocinando, a lo que alguien respondió: “Lo que usted está oliendo, si
quieren prenderse, lo único que hace falta es el vino”. Estuvieron un rato
conversando sobre los trabajos del taller y luego siguieron la recorrida. Al
rato llegó un soldado de la guardia con dos botellas de tinto.
A
los del sector lavado y engrase nos proveyeron un mameluco de lona que nos
venía muy bien porque nos protegía del frío y evitaba que nos ensuciáramos la
ropa de fajina. A mí se me había ensuciado con grasa, entonces se me ocurrió
lavarlo con nafta. Lo lavé dos veces y quedó una pinturita, entonces lo puse a
secar al sol estirado sobre el pastito. No era fácil secarlo y al estar
impregnado había que dejarlo un buen tiempo al aire para que se evaporara todo
vestigio de nafta. En eso estaba cuando apareció el petiso Richard junto con
Norberto Pereyra ¡cuándo no!, tuvieron la brillante idea de tirarle un fósforo.
¡Para qué! Agarró fuego y al instante quedaron las cenizas. ¡Qué quilombo! Me
los quería comer crudos a los atorrantes que se cagaban de risa. Por eso en la
primera salida que tuve, me fui hasta Caseros a "La chinche" y me
compré un equipo similar para poder devolverlo al depósito del Sgto. Ay. Godoy.
EL COLECTIVO
El
colectivo, que era conducido por los Soldados Félix Crisol (Río IV-PCba) y
Nicolás Espinosa (Armstrong PStafe), hacía un recorrido diario para traer a
oficiales subalternos y suboficiales que vivían fuera de la zona de San Miguel.
El Sgto. Ay. Horacio López estaba a cargo del grupo, y era muy celoso de su
trabajo. Si se hacía algo mal o no era de su agrado, tenía la costumbre de
tomar al soldado de la visera del casquete y le pegaba un cabezazo. Al
principio nos tomaba desprevenidos, pero con el tiempo todos sabíamos lo que se
venía entonces apretábamos los dientes y esperábamos acusar el golpe.
El
colectivo dejaba a los oficiales frente al casino; allí los esperaban sus
asistentes que tenían las pilchas y borceguíes listos para que se cambiaran
(venían vestidos de civil). Después cada uno iba a su lugar de actividades y el
asistente recibía las directivas del día. A veces los asistentes hacían tareas
dentro de la escuela, otras salían en comisión, o directamente se volvían a sus
casas hasta la tarde o el día siguiente según lo ordenara el superior. En tanto
los chóferes iban al taller, revisaban el colectivo y lo dejaban en condiciones
para la próxima partida. Si no había que reparar y/o acondicionar algún
desperfecto o avería, se tomaban un descanso.
AZULES Y COLORADOS
Cuando
el 2 de abril de 1963 se reinició la pelotera entre “Azules y Colorados”, la
Escuela Gral. Lemos fue el centro de operaciones, razón por la que muchos
regimientos acamparon en las inmediaciones de la guardia principal, donde
armaron el vivac, mientras los oficiales se acomodaron en el casino. La llegada
masiva de personas que se instaló en las dependencias de la escuela dio origen
a los inconvenientes que comenzaron a surgir en las instalaciones de agua y
cloacas. Había una mayor demanda de agua que no llegaba a todas las
dependencias, de manera que hubo que aumentar la presión, razón por la que
muchos caños no resistieron y reventaron. Era una instalación de más de 25
años. Esto provocó la falta de agua e inundaciones internas a causa de
taponamientos y/o rotura de caños. De manera que hubo que comenzar a cavar en
distintos sectores donde se presumía podrían estar las averías. Tampoco había
que perder tiempo dado las circunstancias que se estaban viviendo y el solo
hecho de baños inundados y falta de agua originaría un caos difícil de sostener
mucho tiempo. Inmediatamente nos llamaron a formación y comenzaron a nombrar a
los soldados para este trabajo. Lo que nos llamó la atención fue que nombraran
a soldados que hacíamos trabajos rurales. Un oficial nos comentó más tarde
porqué nos habían elegido para esta tarea y las razones que esgrimió fue que
entre todos los que estábamos en la compañía, había muchos que eran de la
ciudad y ni siquiera sabían agarrar una lapicera, mientras que los del campo
sabíamos cómo manejar una pala. Con el tiempo este tipo de trabajos resultaron
comunes, especialmente en épocas de lluvia, cuando se producían inundaciones y
había que salir pala al hombro para hacer canaletas de desagüe. En esta
ocasión, en la que se habían acantonado en la Escuela los azules comandados por
Juan Carlos Onganía, el problema era mucho más grave porque estaba afectando
las instalaciones edilicias. Una noche de mucho frío estábamos trabajando con el
agua hasta la cintura. Mientras nos manteníamos en movimiento el frío era
soportable, pero apenas hacíamos un alto, ¡mamita querida! ¡Que agarrotamiento
nos agarramos! Recuerdo que trajeron unas lonas para atajar el viento, pero era
igual que nada, el frío era muy intenso. Entonces le pedimos al Sgto. Ay. Félix
del Castello, que estaba a cargo de la obra, que nos consiguiera algo caliente,
café, mate cocido o alguna botella de whisky, coñac o ginebra para calentarnos
y levantarnos el ánimo, pero el viejo no se animó. Tenía miedo de que nos
pusiéramos en pedo y se nos saliera la cadena. Además, era un momento jodido
porque -como dije anteriormente- estaban los capos del ejército acantonados en
el casino de oficiales y no era cuestión de andar haciendo macanas.
Durante
esos días, cerca del mediodía, el General Onganía con su edecán y dos soldados,
salió a recorrer la escuela. Cuando pasó cerca de adonde estábamos trabajando,
se acercó para conversar con nosotros, que por supuesto nos cuadramos y
saludamos como corresponde. Se interesó por el trabajo que estábamos haciendo y
le explicamos la situación, entonces preguntó qué necesitábamos y nos escuchó
atentamente. Enseguida sacó una libreta del interior del saco e hizo unas
anotaciones, arrancó la hoja y se la pasó a uno de los soldados. Inmediatamente
nos felicitó y siguió su recorrido. Antes de partir recuerdo que nos dijo:
"Soldado cagón, no coge mujer linda" Al rato apareció un grupo de
soldados con lo solicitado.
DE LOS SUEÑOS Y LOS RECUERDOS
Poder
disfrutar de los recuerdos de la vida es disfrutar dos veces. Ella no te
necesita. Tiene tu recuerdo, que vale más que tú. Los hombres pasan, los
recuerdos quedan, como quedan las obras de los que hacen algo. Los recuerdos
son imágenes de nuestra mente y sentimientos en el corazón. Vivencias que se
disfrutaron al máximo en el momento en que ocurrieron. Aprende a gozar de cada
instante de tu corta o larga vida. Solo los sueños y los recuerdos son
verdaderos ante la falsedad engañosa de lo que llamamos el presente y la
realidad. No hay presente: Todos los caminos son recuerdos o preguntas: los
hombres viven del olvido, las mujeres de ilusiones. Cuando joven, de ilusiones;
cuando viejos, de recuerdos. Legamos nuestro amor a nuestras mujeres; recuerdos
a nuestros hijos, pero en los campos quemados por la envidia y el odio, a los
amigos legamos el caminar juntos. Las palabras se las lleva el viento. Los
recuerdos se los lleva el tiempo. Todavía te recuerdo, año de milicia.
El
corazón es un cofre que encierra el tesoro de los recuerdos imborrables. Se
debería abrirlo más seguido para disfrutar de ellos. Grandes recuerdos y nobles
enseñanzas me dejaste. La vida es una constante ruleta de fracasos y
decepciones, de tristezas y de lágrimas. Sin embargo, también existen los buenos
recuerdos.
A
todo esto, el tiempo fue pasando. Se pusieron de acuerdo los oficiales, los suboficiales,
y cada uno tuvo la oportunidad de pasarla con los seres más queridos. Los más
jodidos fueron aquellos a los que le tocó hacer guardia. Ya sea porque no
consiguieron quienes se queden a cubrirlos, por plata o amistad.
En
la enfermería, para Navidad, Miguel Ángel Luciani (Ninín), de San Lorenzo, y
Juan Barotto, de Gigena, pusieron la cama contra la puerta de entrada, para que
no pudiera entrar nadie. Estaban con doble sueño: lo que habían tomado, la
nostalgia de estar fuera de sus casas, ver esos fuegos artificiales, las vivas
y hurras de los vecinos del cuartel, los de la caballería con los animales
asustados y con peligro de lastimarse.
Entre
el día 26 y 27 de diciembre de 1963 fueron volviendo los soldados y oficiales. Algunos
con caras alegres y otros con buenas noticias. La familia bien con próximos
integrantes más - el novio de mi hermana mordió el anzuelo. Un buen partido.
Trabajador y gaucho. ¡No arruga así nomás! - decía uno, y muy contento cada uno
contaba las novedades. "Cuando nos den la baja nos casamos", decía
otro. Y mientras nos contaban las buenas noticias, comíamos salamines caseros y
otras cosas lindas que trajeron de sus casas y todos disfrutamos, hasta un
litro de vino tinto mendocino, regalo de algún tío recién casado que se acordó
del ahijado en su viaje de bodas. ¡Con el sobrino, el apellido estaría a salvo!
Los
furrieles respiran tranquilos. Los nenes de mamá fueron a casa a pasar las dos
fiestas y los secos sin plata aprovecharon esos días para juntar unos pesitos y
tirar hasta la baja definitiva. Faltaba poco más de dos meses, los más largos y
aburridos; venían los reemplazantes y nosotros, los viejos, hacíamos guardia,
nada más. Andábamos más aburridos que choque de tortugas. Para comer teníamos
que rebuscarnos. Lo más lindo era mortificar a esos pobrecitos soldados nuevos,
tal como hicieron con nosotros un año atrás. Le sacamos el correaje a un
oficial. El miedo y el desconocimiento hacían el resto; ¡y siempre había alguno
con estampa de oficial y voz de mando! "¡a correr alrededor mío!¡A salto
rana!¡la vuelta a la manzana!" etc. A las viejas compañías que fueron
nuestra casa en esa etapa de nuestra vida, los oficiales y suboficiales nos
corrían porque les transmitíamos "malas ondas" (o sea, les
enseñábamos todas las mañas) a los nuevos. Ahí aprendían cómo hacer de ahí en
más como soldados, no pasarse, ni quedarse corto.
Los
soldados nuevos completaron sus experiencias y podían hacer guardia o lo que
fuera. Nosotros habíamos cumplido la cuota.
Llegó
el ansiado momento. Volvíamos a ver nuestras libretas. 13 meses y 13 días nos
llevó ese trámite. Última guardia: quinta del ministro, y a ponerse la ropa de
civil. Volver a ser el pibe alegre y despreocupado; a trabajar, a pensar,
formar una familia, cuidar esos descendientes, enseñarles a ser útiles a la
sociedad, o mejor que nosotros. Hubo una formación, palabras finales del
director, con la libreta en mano se inicia el desbande. Con algunos, nos
veríamos seguido, con otros, nunca más, pero todos presentes en ese recuerdo.
Petizo, alto, gordo o flaco, pero siempre presentes. Compartiste con el resto
tus penas, alegrías, y esperanzas. ¿Nos volveríamos a ver alguna vez? Dios y el
destino lo dispondrán. Y en el rincón más impensado, volver a encontrarnos;
estrechar tu mano callosa a ese ser que compartió parte de su vida junto a vos.
El destino nos lleva a nuevos lugares, por distintos caminos, o algunos,
quizás, en una noche luminosa nos esté mirando desde el cielo, y guiñando un
ojo, nos diga: "soldados”, duerman y sueñen tranquilos, que yo velaré por
ustedes y sus recuerdos. Que nunca se apague esa luz, la necesidad de
encontrarnos nuevamente. Hoy vienen acompañados por un hijo, un yerno, o un
nieto, a mirar, 50 años después, a ese cuartel donde fueron parte, ese cuartel
que fue cuna de presidentes; y contarles que hicimos guardia en ese puesto de
guardia, y en el otro, más lejano, "quinta de ministro", que ahí
transcurrió parte de nuestra juventud y que ahí quedaron gran parte de nuestros
recuerdos. Me acuerdo de todos, aunque con el paso del tiempo,
involuntariamente se me fueron borrando los nombres de algunas personas, a
otros los borré por mal compañeros, traicioneros y amarretes, y con la mayoría
guardo hermosas vivencias que compartimos cada vez que nos encontramos en algún
asado dominguero.
LOS COMPAÑEROS, SUS OFICIOS, Y ALGUNAS
ANECDOTAS
El
negro ROBERTO era chofer. Tenía un camión a su cargo, y le gustaba hablar
grandezas, siempre ufanándose de que él era el mejor. Por práctica y
conocimientos, nadie ponía en dudas sus dichos. En la vida civil fue encargado
de una fábrica de pastas en Capitán Bermúdez.
En la fábrica, tenía bajo sus órdenes a varios empleados, y durante los
días de trabajo no quería que le tiraran el fideo; pero los sábados y domingos
tenía otra ocupación: era referí de la liga rosarina y fue encargado de dirigir
partidos importantes, como semifinales y finales. ¡Qué responsabilidad! le
pagaban los pasajes en avión o colectivo a él y a sus dos compañeros hasta
Tucumán y Salta, de donde lo requerían distintas asociaciones. Según versiones,
en una oportunidad tuvo que utilizar toda su energía y batir todos los récords.
El negro Roberto, como sabemos, es alto, muy flaco y de andar ligero, y en esa
ocasión tuvo que saltar unos tapiales. Parece ser que antes de salir de
Rosario, ya había cobrado y durante el partido tuvo algunos errores. Errores
que la hinchada no perdona, especialmente tratándose -como en este caso- de una
final. Sabido es que en esos partidos se juegan muchos intereses no solamente
deportivos, sino también económicos, cuyos resultados pueden resultar fatales.
Según
dicen, los hinchas más calentitos, no quedaron muy conformes con el arbitraje y
lo querían comer crudo, pero como las hinchadas se olvidan enseguida, al igual
que los políticos y el tiempo sigue andando, a la semana siguiente hubo otra
final, y todo se había olvidado y vuelto a la normalidad. Algunos, los que perdieron algunos pesos o pagaron
algunos asados bien adobados y regados con buenos vinos, le dejaron al negro
muchos saludos por varias generaciones. ¡Qué culpa tenía la pobre madre!
En
nuestra compañía teníamos otro árbitro. Hugo Rosa Juárez, de Huinca Renancó,
Provincia de La Pampa. Siendo soldado estaba a cargo de la bomba de agua que
proveía a toda la Escuela General Lemos. Tenía varios soldados a su cargo, y
ese puesto estaba rigurosamente vigilado las 24 horas del día: por si se
llenaba el tanque principal o por si surgía algún otro problema de
abastecimiento. Además de tener que estar ahí, tenía una peluquería adonde
concurrían algunos oficiales y suboficiales que hasta ¡se hacían afeitar con
navaja y salían lustrosos y perfumados!
A Hugo, que respondía a las
filas de Félix Del Castello y José Ramón Camusso, lo acompañaba Martín Corapi,
que durante la colimba supo vivir en Ensenada, Provincia de Buenos Aires. Luego
se trasladó a Rosario donde la muerte lo sorprendió a los 69 años. Estaba
encargado del mantenimiento del servicio cloacal y las cañerías de agua y sus
accesorios (canillas, duchas, desagües) de toda la escuela.
Víctor
Osvaldo Gariz, de Boulogne, Provincia de Buenos Aires, tenía como pasatiempo
asistir al hipódromo de Palermo y probar suerte jugándose unos pesos a las
patas de algún caballo que era la fija de ese día. Uno que lo acompañaba era
Lorenzo Benigno Barroso, de Villa Dolores, Provincia de Córdoba, capital de la
papa. Su pasatiempo es la pesca. A veces
pesca algún resfrío y otras veces, las menos, trae algo para la sartén. Si lo visita algún amigo, lo convida con
distintos tipos de escabeches y vino casero.
Cuando hacía falta, lo ayudaban Osvaldo Moreda y Santiago Antonio
Mercado, de Achiras, Provincia de Córdoba, muy cerca de Rio 4º. También había
otros, que andaban dando vueltas por la escuela y se hicieron ver antes de
tiempo y los mandaron a trabajar.
LA CINCHADA DE CAMIONES
Un
día en el taller mecánico se estaba gestando un desafío entre los choferes y
acompañantes de los camiones. Había distintas
marcas y modelos. No fue difícil que se armaran las yuntas: los FIAT, los
UNIMOG, Mercedes BENZ Y OTROS… trabajaron los mecánicos para ver cual se paraba
o lo arrastraban. El negro iba de un lugar a otro metiendo púa, los mecánicos
tratando de darles más potencia aumentando el caudal de la bomba o de los
distintos cruces para así aumentar la R, P, M. Revoluciones por minuto, los
cajistas estaban pendientes de qué relación de engranajes iba y con qué llanta
y cubierta, y el resto colaborada armando las cadenas o ligas para hacer las
cuartas con las que se iba a tirar en la cinchada. Había que tener en cuenta
varias cosas: como, por ejemplo, que el día elegido no quedara ningún oficial.
Con los suboficiales era otra cosa. Estaban acostumbrados de ver una o dos
veces en el año, por cada clase que pasaba por la escuela. Ellos no veían ni
escuchaban nada, pero el peligro era que algún milico de los nuestros, o algún
chupamedia, podía ir y contar lo que estaba pasando a un oficial. El negro, que
estaba muy seguro con la organización de la cinchada o pulseada, vio el
“negocito”, y hasta organizó una venta de boletos para apuestas, tipo carrera
de caballos. Si los ganadores de los boletos cobraron no lo supe porque el día
que se realizó yo no estaba en la escuela.
A los suboficiales esto les gustaba, pero no lo manifestaban. Ellos
decían que estas travesuras no perjudicaban porque hacían que los choferes y
mecánicos se esmeraban y tenían argumento para una situación real.
EL
sabio calla, el inteligente discute, la idiota grita, entonces ¿quien soy en
este momento?
RECUERDOS DE UN AMIGO
Dicen
que nada es eterno. Y aunque sé que todo tiene un fin, los recuerdos son para
siempre. Hice el servicio militar y en general nos enseñaron a querer y
defender nuestra patria, pero a su vez, a respetar a los pueblos y naciones
vecinos y a sus caídos. En la batalla, lo más importante es vencer o morir,
pero siempre y cuando sea con honor y respeto al enemigo, porque en el campo de
batalla ambos son dignos héroes. Hice la colimba. Y eso significa “corré,
limpiá, barré”. En la milicia estuve incorporado desde el 10/02/1963, hasta el
licenciamiento total de la clase ‘42, el 23/03/1964. En total 13 meses, y 13
días. Y volviendo a la vida civil habiendo conocido la vida militar, podemos
decir que como en todas las cosas, no es posible afirmar que todos estuviesen
equivocados o que todos estuvieron acertados. Hice la colimba, y me cortaron el
pelo. Cuando estuve frente al peluquero, al pasar, le repetí lo que me decía mi
abuelo, que era un genio: “Hijo, ni tan peludo que no se le vean los ojos, ni
tan pelado que se les vean los sesos”.
Vive
la vida tal y como quieras, hasta que la misma te pase la cuenta.
OCUPACIONES DE LAVIDA CIVIL:
CAMIONEROS
El
chofer Pascual DE GREGORIO tenía camiones en la zona de TIGRE y el delta; y
fleteaba madera de álamos hasta los
distintos aserraderos del lugar y siguió con ella hasta su muerte por un cáncer
fulminante. Su hijo continuó con la empresa, haciéndose muy conocedor del
lugar. Pascual era muy amigo del negro MIGUEL ANGEL ROVERA, DE ALCIRA GIGENA.
El negro viajaba a QUILMES BS AS trayendo cerveza QUILMES y la distribuía de la
zona de RIO 4 hasta BERROTARAN. En GIGUENA se producía el cambio de choferes y
seguían con el reparto. Los más viejos de la familia apenas completaban los
pedidos, subían los que estuvieron descansando, ¡y a QUILMES NUEVAMENTE! Al
camión le habían puesto un lindo cartel pintado, en el que se podía leer
claramente “TOMO Y OBLIGO”, ¡y no solo en mención al tango! Al camión lo tenían bien presentado, y
también estaban muy actualizados con los vehículos de reparto, especialmente
las chatas. Unas F100, que, por ser fuertes, ligeras y agiles, las cargaban
bien cargadas y encima, le enganchaban un carrito de dos ruedas, como para que
la logística sea bien aprovechada.
FELIX
CRISOL era de RIO 4 tiene dos camiones
un 350 y otro grande enganchados se dedica a transportar pollos listos para comer
y trae o lleva huevos y pollitos a los distintos criaderos y abastecedores o
peladeros de la zona. También sabía
dedicarse al transporte de jamones y bondiolas para distintos
frigoríficos. Eran fiambres que tenían
que estar en cámaras un tiempo determinados para que tomen el gusto y sabor; y
eso se lograba con el estacionamiento en la luneta delantera, donde se ponen
tacos, cadenas o cuartas para el remolque del camión en caso de averías o
alguna rotura. Félix había escrito una frase muy oportuna, alusiva a su
actividad: “NO ME ROMPAN LOS HUEVOS”
ARTURO
DEVIASI vive en BERROTARAN y tiene varios equipos enganchados, con sus
choferes. Generalmente trabaja en la
zona de VICUÑA MAQUENA CBA. En ese lugar, el amigo y compañero de milicia Oscar
SOTERAS tenía una gomería, en la cual un día estaba preparando una cubierta y
al desprenderse el aro le dio en la cabeza matándolo en el acto.
JORGE
SAMBONI era de San José de la Esquina, Santa Fe. Tocaba en la banda de música
de la escuela GRAL LEMOS.
El
que también manejaba el colectivo, era NICOLAS ESPINOSA, ¡pero duró poco! Nomás tuvo un choquecito y lo mandaron a otro
lado, siendo reemplazado por JORGE.
LA
BANDA DE MUSICA
La
Banda de Música de la Escuela General Lemos, era una de las más numerosas de
Campo de Mayo. Verlos tocar y actuar era un espectáculo muy lindo. Ensayaba
todos los días, estaban un buen rato calentando los instrumentos, se ponían de
acuerdo y arrancaban a la voz de.” MARCH” ... y siempre tocando las notas del
pasodoble de Vicente PADILLA: “El gato montés”. Desfilaban. Llegaban hasta un
montecito, cerca de las caballerizas y se paraban. Allí estaban buscando el
solfeo o nota perdida, volvían la cuadra y de allí descansar. La vida que
llevaban ellos era muy distinta a la nuestra. Encabezaban los actos patrios de
distintos lugares que requerían su presencia, eran los más mimados, los
soldados cumplidos sus obligaciones quedaban libres un rato podían charlar con
chicas y chicos en todos los lugares, los convidaban con café y las
exquisiteces que preparaban las madres: pastelitos, tortas etc. Y de ahí
volvían al cuartel. Algunas veces les daban unos días de franco. Los del
interior habían formado una orquesta, ¡tenían un cantor y todo! el acordeón lo
ejecutaba EDGARDO PITIN ROSSIA. Él era de MONTES DE OCA, SANTA FE, y de ese
pueblo no solo es Abbondazieri, el ex arquero de Boca Juniors, sino también el
capitán PELLEJERO. Los soldados iban a tocar en todas fiestas que organizaron
los oficiales y suboficiales. Si requerían su presencia, iban a casamientos,
cumpleaños etc. La pasaban muy bien y algunos pesitos traían.
Otro
que estaba en la Banda, era JESUS FERREYRA. Él vivía (y vive) en MELINCUE, un
pueblito chico y famoso, con una laguna con aguas curativas y un hotel y
casino. En la milicia, era furriel y se encargaba de la agenda, y de las notas.
AMERICO
RAMADU, muy sencillo y servicial, era el asistente del maestro director. Era de
Alcira Gigena. PAREDES era el cantor.
CAMILATO, que tocaba la flauta, era de Venado Tuerto; y FANTASÍA era del pueblo
de Miguel TORRES, que es un lugar chico de muy pocos habitantes. Ahí lo más
importante era la estación de tren, que iba de Buenos Aires a Bahía Blanca. BARUFALDI
era el comodón del grupo. Ahora a esa función en las nuevas bandas, se le llama
“plomo”. Él tenía un tambo y vivía en el campo, pero se encargaba muy bien de
que todas las cosas estén en su lugar, que los micrófonos anden, y que los
atriles tengan las partituras para que la Banda siguiera sonando.
LA CHATA
LA
CHATA era la parte más importante e higiénica del cuartel, quedaba estacionada
en el galpón de la caballeriza y veterinaria con todos los arneses. Después de
la formación los soldados encargados iban al lugar, agarraban 2 caballos y los
enganchaban a ella. Tenían que ir por todo el cuartel y levantar todos los
restos de comida, para llevarlos al chiquero. Se necesitaban soldados corpulentos
y para que los olores nauseabundos no los afectaran, se iban rotando entre
varios. Generalmente estaba HERALDO
CAPELARI que era de Bulines, Córdoba. Él tenía problemas con las piernas. No
podía calzar los borceguíes, así que le daban zapatillas comunes. Era un buen
compañero, tenía su carácter y en oportunidades se le escapaba el indio que tenía
escondido.
OSVALDO
MARTINEZ era de María Teresa. Él se anotaba en todas. En la vida civil trabajó
hasta que se jubiló como chofer del camión de Osvaldo Di Benedetto, en la
fábrica de pulverizadores GOLONDRIN. El
OSVALDO (Martínez) era el encargado de transportar las pulverizadoras hasta el
depósito del futuro usuario y de vuelta aprovechaba los viajes, para traer
hierros y demás cosas para la Fabricación.
EDUARDO
COSIO era el encargado de hacer los alambres y como era grandote lo mandaban a
levantar los tachos con la basura y otras cosas pesadas. Lo tenían de
“reparador oficial” y colocaba los mejores alambrados de la escuela, ¡hasta que
un día lo agarró un suboficial y le pidió que no ponga los alambrados tan
firmes, que no podían saltarlos! (vivos hubo en todas las épocas y en todos los
lugares). Cuando terminó la colimba siguió con el trabajo rural. Vino a trabajar en un campo de Ángel FINA
pegado al pueblo de MURPHY, donde hizo una casita chica y vivió allí hasta que
la muerte se lo llevo dejando un hijo chico. Era muy buen deportista ganando
importantes trofeos de bochas, auspiciado por el club Unión y Cultura. Llego a
las finales para el campeonato argentino.
ARNAUDO
BARTOLO, de RANCUL, La PAMPA era de los más fuertes y capaces para manejar esos
tachos llenos de desperdicios, restos de comida, y moscas “con queresas”. A
veces el olor era insoportable. Pero Bartolo, Arnaudo, Cosio, Puseto, y Martinez
eran los mimados. Tenían que ir a casino de oficiales bien temprano, antes que
empiece el calor. Los cocineros los esperan con lo que quisiesen comer, o para
tomar mate bombilla, masas finas que traían a los oficiales, comidas frías,
etc. Todo ese recibimiento, porque después ellos iban a limpiar y desinfectar.
En el otro casino hacían lo mismo, y hasta terminar. Todos esos residuos que
juntaban eran los que los cerdos podían comer sin problemas.
El encargado de la QUINTA DEL MINISTRO era a
quien le tocaba vigilar el criadero o invernadero. Ahí tenían chanchas de cría, lechones de todo
tamaño y capones listos para carnear, y en ese lugar paraba ONGANÍA, cuando
venía de visita. DANTE PUSETO es de
GENERAL CABRERA, CBA. El pasaba a retirar los residuos y se fue haciendo amigo
del encargado del lugar. Éste los convidaba con unos vinitos o gancias, así que
al igual que los otros, comía y chupaba de lo lindo. Charla más, charla menos,
le prometió traer maníes ya desgranados y con cascara para acompañar el Gancia. En una oportunidad que precisaba ayuda le
prometí ayudarlo. Había una fiesta en la quinta y decidió carnear un de los
cerdos para hacer choripanes y costillar asado. PUSETTO en eso tenía
experiencia! ¡le salió de película! y
aparte, quedo diez puntos quedando a disposición del encargado, que tenía la
posibilidad de atender todo concerniente al ministro y su familia. Si había
invitados oficiales venia un servicio especializado y se encargaba de la
decoración, preparación de las mesas etc.
Si fallaban algunos de los invitados y sobraba comida, invitaban a 3 o 4
soldados que hacían guardia y se llevaron las bandejas con lo que había
quedados y si además había algunas botellas de buen vivo destapados y no
consumidos… que lo llevaran antes que se
arruine y pierda el sabor! ¡ese era el mejor premio para ese grupo de elegidos!
No siempre se tenía esa suerte…
PUSETO
Y ARNAUDO tenían la responsabilidad de arreglar todo el tejido olímpico que
rodea la Lemos. Lo tenían que arreglar porque los soldados lo rompían para
salir un rato al barrio, a ver cine, tomar unas cervecitas, o visitar alguna
chica. Algunos suboficiales que vivan en
el barrio y quedaban de semana también lo hacían. Un día, uno de ellos, que
también salía por un rato para ir a ver la familia y llevarles carne o alguna
menudencia, les pidió a esos soldados que no arreglen todo, que algunos de los
boquetes sean espaciados y con alambres más finos, así con poco tiempo se
podían correr y pasar al otro lado.
BARTOLO CERRUTI era de MONTES de OCA un pueblito chico y
fuera de ruta que estaba en el límite de santa fe y córdoba. Él era el encargado de la cortadora de pasto
con hélice tirada por un caballo. Recorría todo el cuartel y después venia la
chata con sus soldados, cargaban eso y lo llevaban al lugar donde estaban los
cerdos. Los que realizaban esas tareas eran del campo… ¡qué casualidad!
LA CHATA (I)
La
chata servía para trabajo, placer, y lo más triste: el llevar hasta su última
morada, a un ser querido, un amigo o al que SAN PEDRO designó. Una vez dejado
al finado en su lugar de descanso eterno, se tapaba la fosa con tierra, se ponía
una cruz de hierro con su nombre, se rezaba una oración por el eterno descanso
de su alma y que dios la tenga a su lado. Por aquellos años había muy pocos
cementerios. Se alambraba un pedazo de tierra, y se hacía un cerco, como para
que los animales no molesten las tumbas.
Cuando
se hacía una fiesta, el baile era con músicos aficionados. En toda casa o chacra alguien estudiaba
música. Como no había luz eléctrica (apenas un farol a querosene o velas) se cenaba
a la bajada del sol. El que no estudiaba,
escuchaba radio a galena. Si se podía,
compraban un cargador aéreo con paleta y batería. ¡¡¡¡Tenía que venir un
huracán para que cargara esa batería!!!!
Se escuchaba una radio le decían “la 7 mares”, porque abarcaba todo el
mundo. Tenía onda corta y larga, y como había muchos inmigrantes, querían
escuchar noticias de su país de nacimiento.
La
chata se lavaba y se le sacaban los malos olores con un chorro de creolina y
¡que se seque al sol! los muchachos le ponían una baranda de un costado y ahí
cargaban las sillas. Enganchaban dos caballos y salían para la fiesta. En cada
chacra se iban agregando más pasajeros, un músico aficionado tocando los
acordes de una canción del momento, siempre había algún cantor o cantora que
tenía buena voz, ¡y también se prendían algunas tías veteranas que ya tenían
las esperanzas perdidas! Si había alguna silla o banquitos, las más jóvenes las
hacían sentar allí y cuando algún pretendiente las invitaba a bailar se
despojaban de algún saco o prenda para estar cómodas. Estas tías se encargaban de la ropa. Nosotros, los más pibes, les decíamos
“roperos”. ¡Por cuidar la ropa no podían vigilar a las chicas y ver qué
candidatos le estiraban el cogote como avestruces! Las chicas estaban en la
otra punta, el escenario era la misma chata que un rato antes los había
acercado. La iluminación, por faroles a querosén. ¡Había un encargado de atenderlos, los
faroles se apagaban, se prendían fuego… y el pobre tipo se volvía loco!
Terminado el baile, cada uno arregló sus cosas, quedando de acuerdo con la
chica para seguir viéndose en la misa del domingo a las 10 (leyó bien: ¡en la
misa!) o en el próximo baile. Se desprendían los alambres que sostenían la
carpa, se acercaban los caballos y se ponía todo en orden, el farolito que se prendía
indicaba la presencia de la chata, qué volvía a su lugar de origen, con su
carga de fe, ilusiones y esperanzas. Algunos tenían arreglada sus cosas y
pensaban formalizar pronto, adonde irían a vivir, qué campo trabajarían… eran
muchas cosas de pensar, preguntar y actuar. Esa era la forma de vivir de
nuestra gente del campo, que con su sacrificio hicieron esta ARGENTINA.
DESPEDIDA Y AGRADECIMIENTO
AGRADEZCO
INFINITAMENTE A mi compañera y esposa que siempre estuvo a mi lado en los
buenos y malos tiempos-, que supo aguantar y comprender, cuando me tocó vivir
esos malos momentos, SAN PEDRO decía “todavía no hay lugar en el cielo para ti.
Cuando te toque te llamare. Tú tienes que terminar ciertas cosas”, a mi hijo
Gustavo que siempre estuvo a lado y le dio valor a su madre para superar el
difícil trance, a todos ellos compañeros de la milicia que
aportaron sus recuerdos y vivencias las que quedaron grabadas a fuego en el
presente y pasado para las futuras generaciones, a JOSE WALLACE, con quien
hemos compartido este, si se quiere llamar, “libro” para recordar el pasado, presente y el futuro, del que nos queda muy poco, hasta
que Dios lo disponga, nos llame y volvamos a
formar junto a él… y todos juntos
recordemos los errores y aciertos, para
que las nuevas generaciones no les toque lo mismo. Ellos tienen que hacer un
mundo nuevo, sin guerras, sin maldades ni envidias, con mucha fe, con muchas
esperanzas, y de esta manera alcanzar la meta y que guiar a las futuras
generaciones para hacer una Argentina, libre, justa y soberana, que eduquen
bien a nuestros hijos y nietos, para que tengan la tranquilidad y seguridad de
andar por toda la república, sin tener que rendirle cuentas a nadie. También a
Sergio Bolix, quien de una manera muy generosa posibilitó nuestras visitas al
cumplir los 50 años de nuestro paso por la Escuela GENERAL LEMOS. A
ARNOLDO BARRIOS, OBDULIO AVILA, AL SARGENTO PANADERO ROMERO Y a tantos
otros que de una u otra manera me han refrescado la memoria. Muchas gracias a todos y que Dios los bendiga.
AZULES Y COLORADOS (I)
Cuando
se iniciaron las acciones bélicas, la General LEMOS fue el lugar de
concentración de distintos regimientos que acamparon allí al mando del general JUAN
CARLOS ONGANIA. Estaba el regimiento
11 de infantería de ROSARIO, que acampo en el cortijo, un terreno grande y
muchas plantas. Ahí estaban a cubierto de cualquier ataque de la aviación. También
había venido: un regimiento del CHACO, eran unos soldados acostumbrados a estar
en el monte, que los habían traídos por si se armaba alguna escaramuza, tiroteo
o lo que fuese… eran los que iban al frente, algunos los llaman “carne de
cañón”, estuvieron acampados allí unos tres meses. Para mantenerlos ocupados, les dieron los
peores lugares de guardia: el puesto del barrio por donde los suboficiales y
van a sus casas a ver sus familiares. ¡Eran
incorruptibles! no te dejaban pasar por más
cigarrillos que les dábamos! ¡Vos no pasas por ese lugar! y había que hacer una vuelta más larga, con la
pérdida de tiempo que significaba! Esos tres meses que estuvieron nos complicó
bastante…
Eran tiempos confusos…los soldados compañeros
nuestros, acompañados por algún oficial, salieron a la ruta y tomaban cualquier
vehículo que tuviese 4 ruedas: autos, camiones, colectivos. y lo pedían en
nombre de la patria. Todo para ir adonde hubiese que ir. Había colectiveros,
que no quería dejar que algún soldado manejase, entonces iban ellos; y el
resto, se quedaba en la ESCUELA LEMOS y comían en el casino de suboficiales. De
sobre mesa, se armaban unas lindas timbas por plata, habían reducido las luces
del cuartel, al máximo con unos papeles…
GIASON,
que era de Venado Tuerto y otros soldados, atendían a estos conductores. El
ayudante de GIASON se encargaba de tirar la manga, una vuelta de algunas
bebidas y algo para comer. Se cobraba un porcentaje sobre que se estaba jugando
y aquí no ha pasado nada…A los soldados que les tocaron viajar a LA PLATA y
PUNTA INDIO iban más cagados que vaca sobre camión. Cada vez que aparecía un
avión, a tirarse al suelo y ponerse a cubierto, por si el avión quisiera
ametrallarlos. Cuando llegaron, la base había sido bombardeada, los galpones
estaban todos rotos, los compañeros nuestros acamparon allí hasta que se
normalizó la situación bélica.
Videos:
Azules y Colorados
https://youtu.be/6coginwLbFg
https://youtu.be/H9IDdYZtqNs
https://youtu.be/ou4gHpODnAg
https://youtu.be/n4HSgSPQB3E
https://youtu.be/irK_B4yatnk
EL REGRESO DE LOS COMBATIENTES
Cuando
termino la revuelta, todos los que habían ido se fueron de franco 10 días - los
que estaban cerca- y 15 días -los de
pueblos más retirados-, para que estando con la familia se olviden de los malos
momentos vividos. Al salir para visitar a familiares y amigos, quisieron llevar
todas las cosas que habían traído de la base PUNTA INDIO. Los hicieron formar a todos primera fila a
dejar todo lo que habían traído de escondido.
Recién se pudieron ir cuando el ultimo dejó todo, junto a un deseo que
se los guarden en el culo, aunque el culo del tipo, ¡no sea un galpón! Se trajeron dinamos, relojes y otras cosas.
Todo ese material quedo allí, los que esperaron unos días y mientras tanto ver
lo que pasaba, tuvieron mejor suerte y algún recuerdo trajeron de esa salida.
CARTA A UN AMIGO
Estimado
ex compañero de la milicia clase 1942.
Hay
acontecimientos en la vida de los hombres, que el solo hecho de recordarlos emocionan,
nos alegran y nos dan fuerza para seguir transitando por los polvorientos,
fangosos, y tortuosos caminos que la vida nos depara a diario, en este valle de lágrimas.
El motivo de la presente es para brindarnos
la oportunidad de vivir momentos de gran recordación; para que por un día
retornemos a los felices días de nuestros 20 años, con quienes fueron nuestros
compañeros de cofre, de cama, de trabajo, travesuras, dañineadas y picardías…
ver el rostro cambiado del colimba que nos acompañaba en los buenos momentos y malos
de la vida militar, y al que les contábamos nuestros problemas e ilusiones de
muchacho.
Recordar
todos juntos y repetir, las bromas y travesuras que les hacíamos al cabo 1°, al
SARGENTO Ayudante y como las purgamos cuando nos descubrían, memorizar el
porqué de los apodos que nos ponían, con la picardía propia de los 20 años y el
profesionalismo que teníamos para “meter el perro”.
En
fin, queremos brindarte la oportunidad de un reencuentro feliz con quienes has
compartido una etapa de tu vida.
En
la milicia todos éramos iguales, todos angelitos vestidos de marrón terroso,
llenos de vitalidad y con ansias de ser algo en la vida. Hoy, después de 50
años de aquel paso militar, la vida nos presentará tal cual somos: algunos
todavía casados, otros con hijos y nietos, algunos solos… pero todos canosos,
calvos, con más barriga de lo aconsejado, con algunas arrugas en el rostro, y
las manos y el peso de los años que van curvando las espaldas. Para algunos, en
lo económico, la vida le habrá deparado un destino satisfactorio. Para otros
habrá sido dura, pero a pesar de todo, hayamos sido obrero, empleado, profesional,
comerciante, campesino o industrial, nos seguiremos viendo como si estuviésemos
haciendo una formación por la mañana, o un orden cerrado.
Tal vez esta nota te sorprenda y te
haga pensar, o bien no te acuerdes ya de nosotros, por los años que han
transcurrido, quienes firman la presente, tus ex compañeros de la
LEMOS te recuerdan que se cumplieron 50 años de tu paso por el CENTRO DE INSTRUCCION GENERAL LEMOS,
motivo por el cual habrá festejos que culminaremos con un almuerzo del
reencuentro, y por supuesto, quedas invitado junto a tu familia, estés donde estés, en las condiciones que te
encuentres, abrigamos la esperanza
cierta de que contaremos con tu gratísima presencia, para poder aunque sea por
breve instante, retroceder 50 años y
ponernos de pie junto a la mesa y
contestar en voz alta y llena de emoción
“PRESENTE, MI SARGENTO AYUDANTE!”.
Hacemos
propicia la ocasión para reiterarte la seguridad de nuestra cordial e
invariable consideración y fervientes votos de ventura personal, por favor no
nos falles a esta cita.
SECCIÓN SANIDAD
UNA JODA EN SANIDAD
Escribe
el Ex Soldado Clase 1942
Miguel
Ángel Luciani (San Lorenzo)
 |
Ex soldado clase 1942
Miguel Ángel Luciani |
Un
día estando de turno en la Enfermería con Abel Goldsman (soldado raso
odontólogo) planeamos hacerle una joda a los negros que estaban de guardia. La
jornada había sido tranquila y ya habíamos terminado de limpiar y ordenar todo
el laboratorio, además del consultorio. Como ya éramos veteranos y conocíamos
todos los vericuetos de nuestro sector, nos pusimos a conversar trivialidades
para matar el tiempo hasta la hora de irnos a dormir. Pero la conversación
entre las personas que están las veinticuatro horas juntas siempre resulta un
bodrio. Por esa razón planeamos hacer una joda. No sé por qué fui hasta el
consultorio odontológico y allí me encontré colgado de un perchero el uniforme
completo del jefe del sector Tte. 1º Eduardo Marcos Mammerchtein. Ahí estaba la llave de la joda. De común
acuerdo con Goldsman me calcé el uniforme completo (incluido el sable) y
convinimos en que él, ante los colimbas enfermeros, llamaría a la orden
avisando que venía el Oficial de Servicio.
Eran
alrededor de las diez de la noche y los soldados enfermeros estaban jugando una
furiosa partida de truco. Godsman entró a la guardia y les advirtió que el
Oficial de Servicio del cuartel estaba de recorrida y andaba merodeando el
sector, de manera que tenían que estar atentos.
Yo
estaba listo al final de la galería y Goldsman me hizo señas de que avanzara.
Así lo hice, taconeando fuerte y tratando de mantenerme erguido. En ese
instante sale Goldsman y da la voz de “¡Atención, Oficial de Servicio!”
haciendo el saludo reglamentario y un fuerte taconeo al que respondí del mismo
modo.
A
todo esto, los enfermeros todavía no me habían visto, por lo que continuamos
con los saludos de rigor con Goldsman:
“Soldado Goldsman, ¿Alguna
novedad?”
pregunté impetuoso alzando la voz al mejor estilo milico.
“Sin novedad mi Tte. 1º” Responde Goldsman hecho
una furia.
Inmediatamente
le respondo:
“Voy
a pasar revista, soldado” y encaré para entrar a la guardia. En ese instante
uno de los enfermeros me reconoce y grita:
“¡Es Luciani! ¡Hijo de
puta!” y
me sacaron cagando.
Me
querían cagar a patadas. Por suerte logré zafar y me refugié en el consultorio
que alcancé a cerrar con llave. Allí permanecí hasta que Goldsman los calmó y
siguieron jugando al truco, no sin rajarme alguna que otra puteada.
Cuando
entró Goldsman nos entramos a cagar de risa y a tomar unos mates, aunque el
cagaso no me lo podía sacar de encima. Un rato más tarde Goldsman se retiró a
dormir y yo me quedé de guardia. No pegué un ojo en toda la noche, tenía miedo de
que viniera la revancha. Pero felizmente no pasó nada. Solamente pasó a ser una
anécdota más de las tantas que hay sobre la colimba.
No hay comentarios
ResponderEliminar